LOS RECUERDOS, LOS SUEÑOS Y LA FICCIÓN Por Emília Bolinches

LOS RECUERDOS, LOS SUEÑOS Y LA FICCIÓN

Por Emília Bolinches

 

Como al resto de las participantes, especialmente las que propusieron la lectura de ese libro, me pareció muy extraño su título El Entenado, de Juan José Saer. Pero como filóloga no pude dejar de buscar en el diccionario de la RAE esa palabreja jamás escuchada antes, ya que me parecía que podía haber sido inventada por el autor o bien resultar una expresión latinoamericana. Así supe que es una palabra perfectamente definida como “hijastro” (del latín filiaster: hijo aportado al nuevo matrimonio por el cónyuge de una persona). Digo esto porque a medida que fui leyendo el libro fui marcando las palabras extrañas que iban apareciendo y que eran desconocidas para mí. Intrigada, fui buscándolas en el diccionario de la RAE, todavía con la impresión de que eran palabras o bien inventadas o bien de uso en países latinoamericanos. Falsa impresión porque resultó que todas ellas eran palabras perfectamente tipificadas (chirle, pasible, carozo, transar, mandarse, rengo… y alguna otra), excepto “manitos”, en masculino, utilizado en diversos países latinoamericanos en lugar de nuestro femenino “manitas” o “manos”. Subrayo esta particularidad de utilizar vocablos antiguos de procedencia latina por la coherencia con la sintaxis general del texto de corte también antiguo. Esa sintaxis destilaba la visión de estar ante un texto carente en absoluto de edad, de falta de identidad con literaturas antiguos o grupos contemporáneos suyos. Me encuentro ante una escritura que puede haber sido escrita en cualquier siglo de los próximos (en el XVIII o el XIX) menos en el XX y nada que ver con el XXI.

                    Estamos ante un autor “rara avis” o como decimos ahora un “perro verde”. También me llamó la atención que en la breve información de la tapa del libro (Rayo Verde Editorial, Tercera Edición)  que figura sobre el autor y su obra se aporta como lugar de nacimiento el nombre de “Serodino, en 1937” como si fuera un lugar ficticio. Me intrigó que apareciera así, sin ninguna referencia a país o región del mapa terrestre. ¿Qué es Serodino y dónde está esa localidad? Misterio y más misterio. Busqué y encontré que Seronino es una comuna fundada en 1886 por Pedro Alejo Serodino en la provincia argentina de Santa Fe. Allí, parece ser, se establecieron los padres de Saer, su familia, comerciantes sirios católicos, y allí pasó sus primeros diez años nuestro autor. Después, su familia se instaló en Santa Fe donde el escritor estudió y pasó su juventud hasta recibir una beca para residir en París durante 6 meses. Y se quedó en Francia, donde vivió, sobre todo en París –aunque también en Rennes–, más de 30 años y donde murió en 2005. Cuando Juan José Saer afirma que “la patria de un escritor no es sino la infancia y la lengua” creo que no puede ser más veraz y coherente.

                  Por lo que a mí respecta, estamos ante un autor desconocido completamente, y cuya obra es de lo más insólito que he leído nunca. Y además no podría, no puedo, establecer influencia alguna. No digo que no la haya, de hecho los críticos ya señalan a William Faulkner como su primera influencia. Yo digo que, pese a lo dicho por los especialistas, y muy posiblemente “esclavizada” por la densidad de su narrativa, no he podido vislumbrar en ningún momento durante la lectura de El Entenado esa influencia con el escritor norteamericano. Y tampoco reconozco ninguna influencia suya sobre otros autores contemporáneos. Para mí, la suya es una escritura que empieza y acaba en sí misma. No pretendo establecer todo lo dicho hasta ahora como algo negativo sino como un hecho exponencialmente personal y único, no comparable a ningún autor anterior ni posterior. Igual os parece trivial pero el único rastreo que he podido realizar con seres vivos “aislados”, quiero decir literalmente viviendo como “islas” ha sido el recuerdo de otros dos casos de similar excepcionalidad solitaria: el personaje protagonista del fantástico documental Sugar Man y el del escultor valenciano viviendo como un anacoreta, voluntariamente desconocido y enfoscado bajo un nombre anónimo.

                  Respecto de su contenido, El Entenado, además del núcleo central relativo al canibalismo que merece ser estudiado concienzudamente como mínimo por varios másteres académicos y al que sería de una imprudencia temeraria hacerlo converger como una explicación diabólica sobre el bíblico “pecado original”, a mí me han interesado concretamente dos asuntos: el de la vida/muerte asociados a la soledad y el de los sueños/recuerdos asociados a la ficción. Y estéticamente no puedo dejar de sentirme deslumbrada ante la descripción del eclipse que aparece al final del libro.

                  “Pero mientras yo esperaba paciente vuestros comentarios, compañeras de lectura, sentada en el claro del bosque del que salió un niño indígena. Era de tez oscura y de unos 3 años y se sentó a la sombra protectora de un matorral mirándome con esa fijeza im-pertinente que solo los niños lanzan con rotundidad a los mayores… Parecía una escena como del cine mudo, en blanco y negro. Pero no, porque sin previo aviso el niño me gritó:

—¿A mí?

      Y yo, conmocionada, le respondí:

—¡Sí!”

 

          Aunque es más un material para el trabajo psicoanalítico, os hago partícipes de este retazo de sueño que tuve la noche en que, horas antes, concluí la lectura de El Entenado, como ejemplo de uno de los muchos efectos que un libro puede ejercer sobre nosotras. En este caso, supongo, debido a mi interés por los sueños/recuerdos asociados a la ficción que tan espléndidamente retrata Saer.