TEXTOS FUNDAMENTALES

 

TEXTOS FUNDAMENTALES

2017

¿Por qué consideramos interesante la propuesta que hacemos para este curso de poner en diálogo dos textos aparentemente tan alejados como “La psicología de las masas” (S. Freud, 1921) y “Kant con Sade” (J. Lacan, 1963)?

El texto de Freud trata de poner en relación el comportamiento del individuo tanto en el seno de una masa como en el seno de un grupo social más o menos organizado, con su psicología individual (vid., por ejemplo, la relación yo-objeto-ideal del yo que se describe en el apartado XI “Un grado en el interior del yo”, págs. 122-123, vol. XVIII, Amorrortu ed.), mientras que el segundo trata de la escisión del sujeto producida por la contraposición entre la ley y el principio del placer, entendido éste en la forma del mandato superyoico ¡goza!, y de las concesiones que dicho principio del placer tiene que hacer en relación con la ley para poder devenir deseo, deseo susceptible de establecer vínculos sociales.

Podemos pensar, por tanto, que ambos textos se sitúan en los extremos opuestos del campo que abarca este concepto de “vínculo social”, Entonces,  ¿qué elementos se pueden poner en juego en el diálogo entre ambos textos?

Si nos situamos en lo que dieron de sí las presentaciones del curso pasado a propósito de “La ciencia y la verdad”, nos encontramos con un concepto que las centró prácticamente todas: la verdad, el cual apareció como cargado de una polisemia que abarcaba un espectro que iba de la adecuación de las cosas y lo que se predica de ellas hasta la verdad del inconsciente, verdad esta última que fue situada en relación con la castración, lo Real, la no existencia de relación sexual, etc.

Por decirlo de otro modo, nos encontramos con una vedad que se desplazaba desde la pretendida objetividad de la verdad científica, es decir, de una verdad que se limitaría exclusivamente a lo que el discurso predica del objeto, hasta una verdad subjetiva, es decir, una verdad que lo que predica del objeto no vale más que para sí.

Situados en este nivel de análisis, todo parecía bastante claro. Nuestro saber acumulado como estudiosos del psicoanálisis nos aportó elementos que nos parecieron suficientes, al menos en aquel momento, para recorrer esta polisemia. El recorrido, además, fue fecundo para quienes participamos en las discusiones que las distintas intervenciones suscitaron o, para decirlo de otro modo, acumulamos y compartimos más saber. ¿Deberíamos, entonces, habernos quedado satisfechos con el resultado de nuestro esfuerzo?

Una respuesta afirmativa nos llevaría a la complacencia, a la infatuación como señala Gabriela Basz en un artículo publicado en Ornicar? con el título de “La infatuación: un nombre del extravío”. Para tratar de salirnos de esta posición, nada conveniente, podemos preguntarnos, como hace Lacan en su Seminario XIX (cf. Pág.: 192): “¿lo que cura es el saber, ya sea del sujeto o el que se supone en la transferencia, o bien es la transferencia, tal como ésta se produce en un análisis dado?”. Si entendemos aquí “cura” en el sentido que tenía en castellano antiguo de “hacerse cargo”, “cuidar”, podemos pensar que la respuesta a esta pregunta de Lacan es distinta según se la sitúe en el contexto de la clínica o en el contexto de nuestra relación con el saber del psicoanálisis, aunque ambas contienen un elemento común: si la transferencia en el contexto de la clínica pone en juego el objeto a y el deseo que éste encarna y con él esta verdad del sujeto que causa su escisión, la relación con el saber del psicoanálisis debe, para que sea fructífera, conservar este vacío central que le es propio y que ha favorecido su evolución desde Freud hasta hoy.

Así pues, nuestra intención al proponer la lectura de estos dos textos será tratar de encontrar argumentos para entender esta relación, siempre difícil de atrapar, entre saber y verdad en cuestiones tales como el semblante que sostiene un discurso, el deseo como civilización de un goce que de este modo puede encarnarse en un objeto que lo represente y con el que establecer un vínculo, la identidad que un sujeto puede construirse a partir de esta relación con su objeto-causa y con la que aparecer como ciudadano, como individuo que sostiene una imagen de sí que pretende como propia,…

Por tanto, pretendemos situarnos para recorrerlo de  nuevo a partir de otros argumentos en este arco que se nos planteó en el curso anterior y que iría de la realidad de los objetos que  aparecen a nuestra mirada como susceptibles de ser amados y lo Real de un sujeto sometido a una única voluntad, gozar.

Magdalena Climent, Paco Roca. Mayo 2017

 

Junio 2017

“La verdad como causa”, por Isabel Soro


TEXTOS FUNDAMENTALES

Curso 2015-16

 “Pero nosotros hemos seguido siendo, ya se lo imaginan, un poco cascarrabias sobre ese punto”
J. Lacan: La dirección de la cura y los principios de su poder (pág.:611)

El texto del que proponemos ocuparnos este curso en el espacio Textos Fundamentales, La dirección de la cura y los principios de su poder, está escrito a mediados de 1958, es decir, tras el Seminario V “Las formaciones del inconsciente”, y cabe situarlo al principio de una serie de seminarios -”El deseo y su interpretación”, “La ética del psicoanálisis” y “La transferencia”- en el contexto de la cual podemos colocar la cuestión del deseo del analista.

¿Qué interés puede tener el volver a ocuparnos, el volver a interrogar este texto que gira en gran parte sobre el manejo, que hace el analista -siempre bajo la égida de que hay que preservalo- del deseo del paciente? ¿Cómo plantear una lectura más actual del texto?

La propuesta que queremos hacer es situarlo en relación a una cuestión planteada como esencial por Lacan en su propuesta de 1969 y retomada por el Comité de acción de la Escuela Una en octubre de 2000: el control.

La dirección de la cura y los principios de su poder parece plantear el manejo del deseo del analizante por parte del analista en el contexto de la formación del analista, pero ya hace algunas observaciones que apuntan a una cuestión central de esta formación del analista: la persistencia del deseo del analista que, si bien lo hace autorizarse de sí mismo como analista, hace imposible la universalización de este deseo que no se podría situar en relación al mito edípico, hace imposible un “para todo analista” por la persistencia de este deseo que lo singulariza. Ello hace que la propia dirección de la cura del analizante produzca en el analista un efecto de sujeto ya que lo divide y pone en cuestión su ética en el manejo de la transferencia.

Planteado así el problema ¿qué lugar darle al controlador? ¿el de un tercero, como señala E. Laurent en “El buen uso de la supervisión” (Virtualia, n.º 5), garante del sentido del acto analítico que se produce en la relación analizante-analista, es decir, de nuevo en el contexto de la formación del analista? ¿O debe Apuntar a los efectos de sujeto relacionados con este autorizarse a sí mismo? ¿Hay formación del analista o sólo hay formaciones del inconsciente en el analista, como señalaba Lacan?

Puestos en este encuadre, si llevamos al extremo la cuestión del control, nos vamos a encontrar en la vecindad del pase.

Valga esta breve digresión para situar el problema que queremos plantear este año.

 Magdalena Climent; Francesc Roca

Abril 2016

“El control: una puesta en guardia frente a la persona del analista”, por Rosa Durá

Noviembre 2015

“El a-muro: Transferencia e interpretación”, por José Rubio

Septiembre 2015

“El deseo del analista y el control”, por Francesc Roca