Comentario del artículo de Amanda Goya, «El dinero en psicoanálisis» por Rosa DuráCelma

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Presentación de la revista Colofón34, El dinero: la subversión lacaniana

celebrada el 27 de abril del 2015 en la Sede de Valencia de la Escuela Lacaniana de Psicoanálisis

  

Comentario del artículo de Amanda Goya, «El dinero en psicoanálisis»

por Rosa DuráCelma

 

(Suena música: «Money», de Pink Floyd).

 

«Money». Sí. El sonido de las cajas registradoras y el tintinear de las monedas ambientan los primeros compases de la conocida canción Pink Floyd; una letra que, entre la ironía y la burla, realizaba ya en 1973 una ácida crítica de la sociedad de consumo y de la codicia. Mucho antes, Marx, en Contribución a la crítica de la economía, texto publicado en 1859, afirmaba: «el oro circula porque tiene valor, pero el papel moneda tiene valor porque circula» (1980: 110).

También en el psicoanálisis encontramos esa circulación monetaria; qué duda cabe de que el analista gana un dinero y el analizante hace un pago; hay que asumir, nos dice Miller, la dimensión de profesionalidad que existe en el psicoanálisis (2011: 30). Pero –y empezamos a entrar en materia– el dinero participa y opera en un análisis de forma muy diferente a como lo hace en la economía política. El documental Una cita con Lacan, del que cuatro de los artículos del volumen que presentamos se hacen eco, lo evidencia repetidamente, así como el conjunto de trabajos que componen el monográfico.

El texto que presento es el de Amanda Goya, «El dinero en psicoanálisis», título conciso y descriptivo que, a mi entender, enlaza muy coherentemente las tres líneas capitales que atraviesan el binomio dinero-psicoanálisis: la dimensión histórica, la dimensión teórica y, en menor medida, la dimensión clínica.

Vayamos por partes.

El artículo forma parte de un trabajo más amplio que la autora presentó hace dos años en el Nuevo Centro de Estudios de Psicoanálisis con el título La significación del dinero en la vida de los seres hablantes, y como punto de partida recurre a un procedimiento no pocas veces empleado por Lacan como es la etimología.

El verbo pagar, nos dice, evoluciona del latín pacarer, que significar ‘pacificar’, cuya antigua raíz del indoeuropeo es pak, es decir, ‘fijar’, ‘asegurar’. El origen del término no es baladí en tanto que el hecho de pagar las sesiones pacifica, y también, y esto ya está en Freud, involucra el compromiso del sujeto con la palabra, una suerte de fijación por así decir.

Esta referencia a Freud nos introduce de pleno en la vertiente histórica del artículo, puesto que Amanda Goya traza un recorrido que va desde la concepción freudiana del pago hasta llegar a la subversión de Lacan respecto al estándar de la IPA.

En su observación de la neurosis obsesiva, Freud descubrió que el dinero cumplía una función erógena. Cito. «Se trata con la misma duplicidad y mojigatería las cuestiones de dinero como los hechos sexuales». Para el vienés el pago es un principio ético que implica al sujeto con la palabra, de ahí que el analizante que falta a su sesión deba hacerse cargo, mediante el pago, de esa ausencia. Esta cuestión conduce a Amanda Goya al tema de los tratamientos gratuitos. Freud, invirtiendo los usos de la comunidad médica de su época, pensaba que un analista podía negarse a practicar tratamientos gratuitos. Vuelvo a citarlo: «cuando un psicoanálisis tiene resultados, es finalmente un buen negocio (…). Privado de un buen motivo, el paciente no tiene la misma voluntad para terminar el tratamiento». Aunque Freud no era partidario de los análisis gratuitos, durante la I Guerra Mundial, un contexto de crisis y de excepción, por tanto, Freud modifica considerablemente su posición. Ante los abundantes casos de neurosis de guerra, llevó adelante la creación del Instituto de Berlín, donde se practicaban tratamientos gratuitos que basculaban entre el psicoanálisis y la psicoterapia.

La discusión en torno a la gratuidad de una experiencia analítica no es privativa del contexto bélico mencionado, sino que, hace bien poco, agitó también a la comunidad analítica con la experiencia de los Centros Psicoanalíticos de Consulta y Tratamiento, donde, por tiempo limitado, los psicoanalistas ofrecían asistencia gratuita: un experimento que, a decir de Amanda Goya, surgió como un modo de probar la eficacia del psicoanálisis y su cientificidad, como respuesta, en definitiva, a un sistema que trata de controlar cada vez más de cerca la formación de los psicoterapeutas y de los psicoanalistas. La crisis de estos centros gratuitos, en los que el paciente no paga y el analista no cobra, evidenció la fragilidad de un discurso, en este caso concreto el analítico, que trata de servir a dos amos (el suyo propio y el de un amo que evalúa los resultados).

La segregación de Lacan de la IPA es una parte importante en la historia del psicoanálisis. En este caso, la autora abunda más en asuntos teóricos, y no sin razón, pues, como sabemos, la serie de escisiones que acompañan el itinerario de Lacan se fundamentan en disensiones en torno, tanto a cuestiones teóricas como prácticas. En el modelo de la IPA todas las sesiones tienen la misma duración y equivalen a un pago que es igual para todos. Lacan, al separar la duración de la sesión del precio por la misma, permuta no solo este modelo, sino también una de las máximas contemporáneas de mayor arraigo en la sociedad capitalista: Tiempo es dinero.

La experiencia analítica de orientación lacaniana es subversiva: en primer lugar porque la duración de las sesiones y el precio por ellas es variable; en segundo lugar porque lo que allí se pone en juego nada tiene que ver con el intercambio mercantil (pensemos en que es el analizante el que trabaja, y además paga). En tercer lugar, porque la duración de las sesiones está suspendida del decir del sujeto, de lo que el analista escucha en lo que el sujeto dice. Todo esto es lo que convierte la duración y el pago en un instrumento al servicio del analista, algo que le permite maniobrar en la transferencia.

El analizante paga por la escucha y por la presencia del gran Otro, paga para que este se rija por la abstinencia: no tocar, no responder con prejuicios, no valorar ideológicamente… Si por algo debe pagarse es por el saber hacer con el corte que encamina hacia el bien-decir; por el deseo del analista que persigue la diferencia absoluta para con ello hacer posible que el deseo del sujeto sea escuchado. El gesto del pago pone en juego el cuerpo, separa al analizante del analista. En ese gesto, el analizante pierde algo para ganar otra cosa, quizá, dice la autora, el llegar a reconocerse como Ser-ahí-en-el-goce.

Decía al principio que también se encuentran trazos clínicos en este artículo (o quizá los encuentro yo, por las ganas que tengo de encontrarlos). Pocos, pero suculentos. Puesto que el pago se materializa en un objeto erógeno, encontramos, del lado del analizante, los que pagan regularmente, los que se retrasan en el pago, los que acumulan deuda, los que se olvidan de pagar… Y del lado del analista, las diversas maneras de manejar el dinero según el sujeto, pero también según el momento de la cura.

Por otro lado, el pago es una garantía contra el amor, especialmente en la psicosis; protección contra la erotomanía de transferencia, de lo contrario qué intenciones atribuirle al gran Otro que encarna el analista en el dispositivo? Amanda Goya se pone en la piel de un analizante tal y concatena una serie de preguntas: Si no lo hace por dinero, ¿por qué lo hace? ¿Qué quiere de mí? ¿Cómo le pagaré? Cuestiones estas que apuntan al lugar del sujeto en el deseo del gran Otro vividas en la transferencia.

Por último, y con esto concluyo, un pequeñísimo recorte clínico-biográfico, si se me permite la expresión, que nos muestra a Freud en los inicios de su práctica, cuando en Psicopatología de la vida cotidiana el joven analista reconocía que los únicos enfermos que se olvidaba de visitar eran aquellos que debía asistir de forma gratuita.

 

Bibliografía citada

Marx, K, Contribución a la crítica de la economía, México, Siglo XXI, 1980.

Miller, J. A, Sutilezas analíticas, BB. AA, Paidós, 2011.

  

Rosa DuráCelma

rosa.dura@uv.es


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