EL A-MURO: TRANSFERENCIA E INTERPRETACIÓN por José Rubio

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LA DIRECCIÓN DE LA CURA Y LOS PRINCIPIOS DE SU PODER.

EL A-MURO: TRANSFERENCIA E INTERPRETACIÓN

         El título de mi trabajo ya indica el propósito de articular el texto “La dirección de la cura” que es de 1958, que forma parte de la primera enseñanza de Lacan, donde es central la teoría del significante y el predominio del registro simbólico, articularlo con la última enseñanza. Es por esto que utilizo el término –neologismo- de a-muro, término que aparece en la conferencia de Presentación del tema del X Congreso de la AMP, que pronunció J.A. Miller en Rio de Janeiro. Lo he dicho bien, introducir este neologismo es intentar una abertura en el trabajo que voy a realizar. No obstante –como bien sabemos- la abertura no debe suponer desatender los textos fundantes de nuestra práctica como psicoanalistas. Por eso empezaré por la lectura atenta del texto del 1958, sin saber muy bien si llegaré a articular algo respecto del a-muro (1972)[i].

         Lacan empieza el texto señalando que hay una dirección dela cura, que el analista es quien dirige –con todo el peso de esta palabra- la cura. Tanto es así que da nombre al escrito, es central la dirección, es decir que la participación del analista no es de acompañamiento, de apoyo, de devolución al paciente, etc., muy al contrario el analista forma parte del proceso, participa y dirige de manera activa y decidida, y por ello paga un precio alto: 1)con la palabra en las interpretaciones que da al paciente; 2) en su persona por presarse a dar soporte a la transferencia; 3) “…en su juicio más íntimo para mezclarse en una acción que va al corazón del ser”.

Lacan se pregunta en el primer párrafo del texto por cómo es posible: “Que un análisis –donde es el analista quien dirige la cura- lleve los rasgos de la persona del analizado, -y se sorprende excepcionalmente de que-, es cosa de la que se habla como si cayera del cielo”. No puede considerarse natural que el analista no introduzca sus propios rasgos en esa relación tan directa. Y Lacan se pregunta cómo explicar de manera razonada este hecho, pues siendo tan predominante –pensemos en la dependencia del paciente, así como en la interpretación, etc.- la dirección e intervención, la persona del analista y sus rasgos propios queden fuera. Lacan recoge este dato, es decir que los análisis empiezan y terminan con los rasgos propios del paciente de la observación al nivel del fenómeno,  no se trata de una elaboración, es mucho más simple, se trata de constatar los hechos, pero lo novedoso es preguntarse por ello. Esta pregunta –que está en la primera línea del texto- abre y recorre toda la extensión y elaboración del texto, de alguna manera las más de 60 páginas que tiene el texto, son la respuesta a esa pregunta, pregunta que repetimos: ¿Por qué a pesar de la participación tan activa del analista, el análisis mismo y sus resultados siguen la lógica del analizante y sus propias articulaciones y contenidos psíquicos?

         Que los análisis lleven los trasgos del paciente está –por supuesto- en Freud y en toda la clínica psicoanalítica. Esta sola observación de la praxis, de un golpe desvela y denuncia una grave desviación post-freudiana, desviación que traiciona la esencia misma del descubrimiento del inconsciente, Lacan señala que está muy extendida  prácticamente es dominante (cabría preguntarse si también en la actualidad está presente fuera de la AMP). Aunque no se formule de esta forma, en realidad no podría según los estándares de la ortodoxia psicoanalítica que prohíbe expresamente la conducción –en este sentido la expresión de Lacan de Dirección  de la cura, es una provocación-, la cura psicoanalítica se ha convertido en una “reeducación sentimental del paciente”, donde el concepto de contratransferencia vendría a ratificar esta posición de fondo. Esto es así, aunque no se atreven a formularlo, pues finalmente el análisis consistiría en una relación entre dos personas, personas hechas del mismo barro, expresión esta “hechas del mismo barro- para mostrar una humanidad para todo uso. La contratransferencia -indica Lacan- es el modo de enmascarar la impropiedad de nombrar la dirección de la cura en el registro de una relación entre dos personas.  Es evidente, es muy importante darse cuenta de esto, que la observación de Lacan de que el análisis siempre lleve los rasgos del paciente, es una indicación y cuestionamiento de que la relación analítica se base en una influencia de persona a persona. Si hay cura, lo que parece que sucede, si efectivamente hay un poder de influencia y dirección del analista sobre el paciente, está claro que está en otro plano.

         Insisto en esto, -me parece central  captar esta cuestión, cuestión que recorre y da el tono al texto- si lleva los rasgos del paciente, no es porque el analista sea neutro, mero espejo; no es que se abstenga de una dirección, que intervenga con sus interpretaciones (tan es así que Lacan llega a formular que el material producido en análisis, tiene mucho que ver con lo que al analista mismo ha generado por su acción). Sobre esto quisiera contar una experiencia muy ilustrativa para mi. Un colega joven y cercano, cuando empezó a interesarse por el psicoanálisis estaba sorprendido y decepcionado a la vez, me decía que en su práctica clínica – atendía a jóvenes y familias en una institución- no aparecían fenómenos subjetivos como los que escuchaba o leía en los autores analistas, decía que no encontraba la presencia de las determinaciones significantes inconscientes, etc. etc., La clínica con la que tenía que vérselas era mucho más básica, más cruda, no había lugar para estas “delicadezas de la interpretación”. Lo que encontraba eran problemas graves de pobreza económica y sobre todo educativa, simpleza cognitiva, falta de límites y conflictos con y entre los padres. Para él era evidente, es lo que observaba que su práctica por ser en una institución de tipo social era como de base, en cambio los analistas tratábamos a sujetos con buen nivel educativo, cultural, etc., con síntomas como de segundo grado. El psicoanálisis habla de una sintomatología, él no diría burguesa, pero sí de corte culto. En cambio él se encontraba con una realidad descarnada, donde hacer pasar sus problemas por la palabra no tenía lugar dada la urgencia y premura de los conflictos. Me resulta muy interesante comprobar que ahora, pasado un tiempo cuando este colega, ha empezado a formarse, a inicado un análisis, etc., ahora –oh sorpresa- ha cambiado su clínica, ahora si que se encuentra con formaciones del inconsciente, con causas significantes de los desordenes y síntomas, empieza a tener lugar la palabra de los sujetos, hay fenómenos de transferencia, la interpretación tiene efectos, etc. Empieza a aparecer en la clínica la subjetividad inconsciente, aparece esto que los analistas cuentan y escriben de la clínica. Me parece que este cambio no se debe a que ahora puede leer los mismos hechos clínicos de otro modo, creo que ahora pone a trabajar al inconsciente, produce efectos de sujeto, empieza a crear el inconsciente en el paciente. No es que antes no supiera verlo, más bien –me inclino a pensar- que antes no existía como tal. Me refiero claro está al inconsciente transferencial.

         Con esta anécdota he querido señalar que la intervención del analista es muy activa, es decisiva y creadora. El analista por su acto, produce los hechos clínicos que aparecen en la cura (recordemos el texto de Miller de Clínica bajo transferencia).  Por esto es tan decisiva la pregunta de Lacan: ¿Cómo explicamos que a pesar de esta participación del analista tan directa, el análisis lleve los rasgos del paciente?

La desviación que Lacan denuncia, respondería a esta cuestión diciendo que los rasgos se mantienen porque el paciente resiste, esta permanencia sería la manifestación de la resistencia a la acción correctora del analista. Formular esta cuestión en términos de resistencia, es la expresión de una grosera desviación que rechaza el poder del descubrimiento freudiano.

Contra ello denuncia: primero que la praxis se ha reducido a una reeducación; segundo, que la única resistencia en análisis es la del analista; tercero, que la contratransferencia es una impropiedad conceptual.

La raíz del desconocimiento, la desviación respecto de Freud es concebir la sesión analítica como una relación entre dos personas (qué sería, se pregunta- definir a la persona (al ser) del analista como sencillamente ser un hombre, un hombre que quiere el bien del sujeto). Lo fundamental es captar que del lado del analista su persona se desdobla, dice Lacan “aquí está todo el secreto del análisis” (página 219) y tomando a Lacan a la letra, me parece que efectivamente aquí está todo el secreto del análisis y de la orientación de este texto. Por un lado la persona del analista, en tanto otro del analizante, no interviene ni al nivel del afecto, ni del pensamiento, ni del ser, etc., pues como otro ocupa el lugar del muerto en referencia al juego del bridge como compañero del sujeto. Pero por el lado de la transferencia, la persona del analista da soporte a todo lo que el sujeto pone en ese lugar, es propiamente la presencia del Otro. Así pues la persona del analista se desdobla, en el muerto como compañero imaginario del sujeto, y como siendo la presencia del Otro de la subjetividad del paciente. El analista interpreta desde el lugar que le asigna el paciente por la transferencia, este lugar no es el de su persona de ninguna manera,  pues esta –en tanto semejante compañero del analizante- su lugar es el del muerto. Aquí tenemos una primera articulación entre transferencia e interpretación, es una articulación fundamental que recorre toda la enseñanza, y en cierta manera atraviesa el muro del lenguaje, se sitúa más allá del muro. En este sentido propongo considerarlo como un a-muro del psicoanálisis.

         Vale la pena, creo, perfilar este punto, punto que como tal es para mi un hallazgo de este trabajo. Este encuentro ha sido propiciado por la elaboración de este trabajo,  y también por incluir en el título mismo un agujero, es decir poner esa palabra sin sentido del a-muro, que ha funcionado como un punto de fuga del sentido que iba desplegado. La articulación de la transferencia, que da un lugar al analista desdoblando su presencia, con la interpretación desde ese lugar Otro, ha supuesto para mi –espero que también para vosotros- un efecto de a-muro.

[i] El neologismo a-muro, Lacan lo nombra expresamente en 1972, en una serie de charlas que pronunció en la capilla del hospital de Sainte-Anne. Como explica J.A. Miller en el prólogo, las tres primeras están publicada en Paidos, con el título de “Hablo a las paredes”.

En este librito, en página 108, reproduce la poesía de Antoine Tudal, aquella que ya refirió en su texto de Función y Campo y dice: “Como ven, ya había previsto lo que les iba a decir esta noche, les hablo a los muros”.

Entre el hombre y la mujer,

Está el amor.

Entre el hombre y el amor,

Hay un mundo.

Entre el hombre y el mundo,

Hay un muro.     


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