EL CONTROL: UNA PUESTA EN GUARDIA FRENTE A LA PERSONA DEL ANALISTA Por Rosa Durá Celma

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EL CONTROL: UNA PUESTA EN GUARDIA FRENTE A

LA PERSONA DEL ANALISTA*

Por Rosa Durá Celma

Es un lugar común, cuando habitamos los textos del último Lacan, recordarnos que, transitando por ellos, no hay que olvidar nunca su primera enseñanza, que esta no anula lo más recientemente formulado, sino que, las más de las veces, le sirve de cimiento. Pero también es cierto, al menos para mí, que al abordar los textos fundamentales, no puedo ni quiero separarme de la enseñanza que le siguió y de las elaboraciones de otros autores. Es por eso que mi lectura de “La dirección de la cura” me la he planteado como un diálogo con otros textos que me ha permitido, siguiendo una de las líneas de interés señaladas a principio de este espacio, profundizar en un pilar fundamental, tanto para el analista como para la Escuela, como es el control. Y lo haré a partir de una frase que prácticamente inaugura el texto que nos ocupa, una frase interrogativa aparentemente sencilla, pero que mirada con lupa tiene unas implicaciones conceptuales de gran alcance. La frase es la siguiente:

(…) pensad qué testimonio damos de elevación de alma al mostrarnos en nuestra arcilla como hechos de la misma que aquellos a quienes amasamos (p. 564).

La metáfora que aquí tenemos, leída en su contexto, apunta a la indeseable igualdad entre el analista y el analizante. El analizante es un futuro analista, pero para ello debe hacer un largo recorrido y un intenso trabajo; el analista, por el contrario, ya ha hecho ese recorrido, lo que le permite en su acto no proceder como sujeto, sino mediante el operador que le es propio: el deseo del analista, que es un deseo de nada al que Lacan se refiere como la anorexia del analista. Me permito remitiros en este punto, para no resultar redundante, al escrito que nos presentó Paco en este marco, donde establece una valiosa distinción entre el deseo del analizante (que deviene deseo del analista al final de su análisis) y la singularidad del deseo del analista.

Ahora bien, la persona del analista, sintagma al que reiteradamente alude Lacan en “La dirección de la cura” y que tomo prestado para el título de este trabajo, no siempre está a la altura del acto analítico en tanto que, en ocasiones, restos sintomáticos del propio análisis producen efectos que dificultan su práctica. Es en estos momentos de impasse donde el control alcanza su valor y su estatuto en el contexto de la formación del analista, responsabilidad, deber y política de la Escuela.[1] Por parte del analista el control es un dispositivo no obligatorio –de ahí su dimensión ética (no hay control sobre el control)– mediante el cual puede demandar a otro analista orientación –en sentido amplio– no exenta esta de sorpresa con el objeto de reducir el deseo del sujeto y dinamizar el deseo del analista. No se trata de rendir cuentas a un Otro, de ahí que a veces chirríen las denominaciones que empleamos –“control” y “supervisión– de donde derivan las figuras de supervisor y controlador y sus respectivos pares, supervisado y controlado. Lo que allí queda bajo control es el acto analítico en sí mismo, o más bien, como señala Vicente Palomera (2000: 26-27), la relación del sujeto respecto al acto, en tanto que en los enunciados del sujeto controlante sobre el caso se encuentra comprometido el sujeto de la enunciación. No se trata, como digo, de rendir cuentas, al menos como yo lo entiendo, sino de otra cosa, y a esa meta me dirijo con Lacan cuando en el “Discurso a la EFP” afirma que la supervisión va más allá de controlar un caso en el que el analista se ve sobrepasado por su acto, ese no es el problema, nos dice, sino que el verdadero problema reside en el hecho de que el analista sobrepase su acto, que se crea su amo, aquel que se pasa de vivo, el que viste el acto con su narcisismo y que en lugar de la dimensión del deseo en juego, quiere llevar eso a un saber, incluso a un saber hacer que él tendría (Laurent, 2002). Efectivamente, que el analista se vea sobrepasado por su acto no es el verdadero problema, aunque en este último sentido el control puede apuntar en múltiples direcciones: a vislumbrar la singularidad de cada caso, en ocasiones eclipsada por la teoría, lo que tendría como consecuencia la errada orientación de un para-todos; puede dilucidar los efectos de una interpretación, puede, asimismo, ayudar a establecer las coordenadas del caso, el lugar que hay que sostener en la transferencia, el diagnóstico diferencial que orienta la dirección de la cura o puede, igualmente, elucidar el tipo de síntoma. Por todo lo dicho el control supone un valioso sostén para el analista que no resulta menos valioso en su capacidad para interrogar aquello que, desde el deseo singular del analista y desde una posición subjetiva, dificulta el acto analítico. Y este sí es el verdadero problema. La función de analista se encarna en un cualquiera, este cualquiera, afirma Ernesto Sinatra (2004: 157-59), des-indexa la persona del analista, lo priva de sus fantasmas en el momento de analizar; en esa función está más allá de “sí mismo”. Cuando el analista, pues, no logra estar más allá de sí mismo en el ejercicio de su acto es cuando puede acudir a un control, y digo puede en tanto que, como ya he dicho, no se trata de una obligación, sino de una responsabilidad. En “Su control y el nuestro” Laurent (2000: 30) sostiene que el deseo de demandar un control proviene del interior mismo del discurso analítico, este es un punto en que deber y deseo se anudan.

El analista que acude a un control expone su acto, cómo sostiene su práctica y las complicaciones que de ahí han surgido: interferencias de su fantasma insuficientemente vaciado; el advenimiento del espurio deseo de curar al analizante; dificultades para destituirse como sujeto, para suspender el saber analítico; problemas para desidentificarse, para hacer semblante de objeto a, o lo que es lo mismo, para situarse como causa de deseo del analizante, ser cualquier cosa para cualquiera, consentir, al final, a ser un deshecho. Sin haber agotado todas las posibilidades, estos restos, expuestos en un control, suponen asumir la impureza del deseo del analista, el propósito de corrección de dicho deseo y el compromiso con la causa analítica. Y a propósito de esto vale la pena citar a Miller (2000: 10) cuando afirma que el control “no vale nada si no apunta más allá de las relaciones del analista aprendiz con sus pacientes, es decir, a las relaciones del analista con el psicoanálisis”.  El control, y por su puesto el propio análisis, permite al analista estar en guardia frente a estas contingencias y frente al posible deslizamiento hacia el ejercicio psicoterapéutico que podría derivarse de alguna de ellas, como advierte el “Documento redactado por el Comité de Acción” en octubre del 2000, porque si bien el deseo del analista es un deseo impuro también es un deseo advertido que debería llevarlo a “querer verificar la orientación de su práctica”, pues la causa que lo anima, la analítica, no se agota en el interior de la consulta, por más que el analista esté solo en su acto.

Pero la puesta en guardia de la que vengo hablando no solo concierne al analista que quiere supervisar su práctica, sino que atañe también al supervisor, que debe estar alerta para no arrogarse en la superioridad, no infatuarse ni identificarse con el Otro. Dice Laurent (2002) al respecto: “El analista supervisor que sabe supervisar mantiene la ilusión del desplazamiento del analista al lugar del Otro, desplazamiento coherente con la declinación de toda ortodoxia”. Para cerrar esta parte de mi exposición me gustaría dejar en suspenso dos cuestiones. La primera es la relativa a la aparente renuencia por parte de analistas con más recorrido analítico o, como suelo decir, con “muchas horas de escucha” a acudir a control.[2] Y la segunda alude al deseo de controlar por parte del analista controlador, ¿qué relación, si es que la pregunta es pertinente, tiene esta disposición con el propio análisis o con su sinthome?

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No hay análisis estandarizado, no existe una técnica ni un modo de ser analista y es por eso que el control gira alrededor de un real, hay un real en juego en la experiencia del control. Si analizar al parlêtre no es lo mismo que analizar al inconsciente estructurado como un lenguaje, el control del parlêtre no es lo mismo que el control enmarcado por lo simbólico. En una clínica orientada por lo real en la que hay que distinguir en los dichos del analizante los significantes con efecto de sentido de los efectos de goce-sentido de la letra en el cuerpo, el control, pues, supone una doble guía.  Estela Solano, en su escrito “El parlêtre en control”, se pregunta sobre los obstáculos que pueden encontrarse en un control no solo en relación a la envoltura formal del síntoma, sino en cuanto al tratamiento de goce. Para desbrozar la cuestión fragmenta dichos obstáculos en tres ejes: imaginario, simbólico y real.

Del lado imaginario nos encontramos ante dificultades con lo que Lacan llama la mentalidad, lo relativo a la imagen del cuerpo solidaria de lo imaginario del sentido. El analista se embrolla cuando se siente inhibido en su acto frente a un dominio o poder imaginario de la situación que se le supone como condición, así como cuando cae del lado de la comprensión, de la empatía o de la solidaridad.

Los obstáculos simbólicos se producen por un exceso de sentido, por la profusión de construcciones del lado del analista en torno a lo real. ¿Cómo no caer en el delirio? En opinión de la autora, se trataría de situarse en la lógica del no-todo para contrariar la tendencia natural del parlêtre hacia el Uno que totaliza. La salida, pues, pasa por el recurso a lalangue, por la letra fuera del sentido. En sus palabras: “El vaciamiento del sentido nos permite superar el escollo de la producción de un saber resbaladizo, que no toca el goce y a veces los alimenta”.

Del lado real la pregunta apunta a cómo aprisionar lo real en un análisis para reducirlo y liberar el sinthome. Esta cuestión pone el foco sobre el cuerpo del analizante, pero también sobre el del analista, este no es tomado desde el lado del goce ni desde una vertiente imaginaria, sino como presencia “discreta, borrada o activa, según los casos”. Ocurre en ocasiones que el cuerpo del analista se manifiesta, lo que hace obstáculo a su acto; los dichos del analizante producen acontecimientos de cuerpo que conviene llevar a un control (acontecimientos de cuerpo como los que encontramos en el relato de Jean-Claude Razavet (2015), analista al que un dicho de su paciente que proviene del fantasma de tirar al analista por la ventana tiene como efecto la inmovilidad del cuerpo del analista, fijado en su butaca, y la alteración de su presión arterial, lo que inhibe la interpretación hasta que los efectos producidos tras el control con Lacan le permiten recuperar el acto y restituir el deseo del analista.

Los efectos de formación derivados del control consuenan con los efectos de sorpresa que produce. En palabras de Palomera (2000: 29), el control da lugar a efectos de sujeto y su función, como señala Lacan, es que el analista siga su propio movimiento.  En este punto, y por hacer una breve cala en mi propia experiencia, mencionaré un caso que controlé en dos ocasiones con dos analistas distintos (fueron, además, las dos primera veces que acudí a control). Mis dudas eran en torno al diagnóstico diferencial. El primero de ellos inclinó la balanza por una fobia; el segundo concluyó que se trataba de una psicosis. Superado el desconcierto inicial sobrevinieron los efectos de formación. En primer lugar el papel fundamental que conlleva la construcción del caso, la elección de los significantes y los dichos escogidos para dar cuenta de él. En el relato siempre se produce un déficit, y hay que ser dócil a esa ignorancia para que el deseo de saber perdure. Dócil y prudente. En segundo lugar, la necesidad de consentir a la incertidumbre, saber esperar para encontrar el propio movimiento. Como suele decirse, hay que consentir a operar con lo que se ignora.

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A partir de esta elaboración en la que he tratado de articular lo dicho por otros autores con mis propios dichos y con la enunciación que puede leerse entre líneas, me gustaría ahora remitir a una serie de cuestiones que me hacen preguntas en torno al control.

La primera de ellas es sobre la conveniencia o inconveniencia de controlar siempre con el mismo analista, y esto abordado tanto desde el punto de vista de la experiencia como desde los fundamentos teóricos que, de suyo, están implicados; pienso en la transferencia, aquí de trabajo (o no, si se controla con el propio analista), y en el sujeto supuesto saber, quizá ya destituido por parte del controlante. ¿Qué función encarna el controlador? ¿De qué hace semblante? Sonia Nocelli (2000: 49) sitúa al controlador como causa de la juntura disyuntiva entre elaboración de saber y el mantenimiento de la ignorancia [del analista controlante], mientras que Araceli Fuentes (2015: 113), después del pase, reinventa el uso del control y se reengancha a esta práctica no ya tanto articulada al sujeto supuesto saber, sino desde la confianza en que en el controlador elegido hay el deseo del analista. En definitiva, cómo diferenciar conceptualmente lo que está en juego en un análisis de lo que está en juego en el control en el que en analista ya ha finalizado su análisis. ¿Podríamos decir que de lo que se trata en el control es de exponer, hablar del acto propio, pero sin perder de vista el sinthome de cada uno?

Por otro lado, en el control, como menciona Naveau, también se recurre al corte abrupto con el objeto de separar el inconsciente del sentido, y del mismo modo, claro está, el analista que controla interpreta (un ejemplo lo encontramos en el escrito de Félix Rueda al que el analista controlador, vía equívoco, hace una interpretación que produce resonancias en él con el efecto de un sueño de transferencia que le permite levantar lo que hacía obstáculo en ese momento de la cura). ¿Convendría matizar la distinción entre el empleo de la interpretación, la sesión corta, incluso la gestión del pago dentro del marco de un análisis y del control?  

Me pregunto también, dado que el control es uno de los pilares de la formación del analista, supone un compromiso con la Escuela y encierra en sí mismo un enorme valor de formación, susceptible de transmisión ¿por qué en la presentación de casos, los atolladeros subjetivos en los que se encuentra el analista son apenas señalados y, menos aún, los efectos producidos por el control relacionado en el caso, con la ganancia de saber extraída?

Esta última pregunta, así como las que atraviesan este escrito no son fruto más que de una práctica, la nuestra, una formación que consiste en un “aprender a hacer con aquello sobre lo cual no podemos calcular” (Miller, 1999: 19).

Rescato, para concluir, una reflexión de Hebe Tizio (2015: 121) de lo más oportuna. Dice así: “De allí la Escuela y la necesidad del control pensado en sentido amplio. Control de la propia práctica, pero también poner las producciones al control de la comunidad. Por eso Lacan, al final, pedía producciones concretas, porque son el testimonio de que la transferencia sigue trabajando el síntoma para sostenerse en el discurso analítico y sostenerlo”. Y en eso estamos.

 

rosa.dura@uv.es

 

Bibliografía citada y consultada

Arpin, Dalila, “¡Ser holgazana!, Freudiana, 73, 2015, pp. 61-64.

Bonneau, Chantal, “El efecto tsunami del control”, Freudiana, 73, 2015, pp. 57-60.

Dargenton, Gabriela, “El uso del control en la Escuela”, Coloquio del control, El Caldero de la Escuela, 84, 2001, pp. 6-7.

Fleischer, Déborah, “La responsabilidad del control”, Coloquio del control, El Caldero de la Escuela, 84, 2001, pp. 7-10.

Fuentes, Araceli, “Las elecciones de los analistas. Dos elecciones después del pase”, El psicoanálisis, 27, 2015, pp. 113-18.

Kalfus, Paula (relatora). Coloquio sobre el control: una actividad de la Escuela, El Caldero de la Escuela, 84, 2001, pp. 11-12.

Lacan, J., “Discurso en la EFP”,  Otros escritos, Paidós, Buenos Aires, 2014.

Lacan, J., “La dirección de la cura y los principios de su poder”, Escritos 2, Buenos Aires, Siglo XXI, 2002, pp. 565-626.

Laurent, E. “El buen uso de la supervisión”, Virtualia, 5, 2002.

Laurent, E., “Su control y el nuestro”, Freudiana, 30, 2000, 19-23.

Miller, J. A., “El triángulo de los saberes”, Freudiana, 25, 1999, pp. 13-19.

Miller, J. A., El banquete de los analistas, BB.AA-Barcelona-México, 2000.

Naveau, Laure, “La experiencia del control”, Freudiana, 73 (2015), pp. 51-55.

Nocelli, Sonia, “El control”, Cada vez, en el país del psicoanálisis lacaniano, Córdoba, Biblioteca de la EOL, Fundación Ross, 2000, pp. 47-49.

Palomera, Vicente, “El pase y el control”, Freudiana 30, 2000, 25-30.

Roca, Francesc, “El deseo del analista y el control” https://www.elp-cvalenciana.org/el-deseo-del-analista-y-el-control-porfrancesc-roca/

Sinatra, Ernesto, Las entrevistas preliminares y la entrada en análisis, BB.AA, Cuadernos del Instituto clínico de BB.AA, 2004.

Solano Suarez, Estela, “El parlêtre en control” (Inédito).

Tizio, Hebe, “¿De qué elecciones es efecto un analista?”, El psicoanálisis, 27, 2015, pp. 119-22.

* Escrito presentado el 19 de abril de 2016 en el marco del espacio Textos Fundamentales, coordinado por Francesc Roca y Magdalena Climent.

[1] Esta política incluye el deber no solamente de evaluar la demanda y la práctica del control del analista en formación sino y sobre todo la evaluación de los efectos y de los resultados de esa práctica entre los miembros de la comunidad de experiencia de la Escuela (“El principio del control en la Escuela”. Documento elaborado por el Comité de Acción, 7 de octubre de 2000).

[2] En el texto “El principio del control en la Escuela” se dice que este es un aspecto que merece ser tomado con atención.


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