EL DESEO DEL ANALISTA Y EL CONTROL por Francesc Roca

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  “¿Olvidaremos que tiene que pagar con lo que hay de esencial en su juicio más íntimo, para mezclarse en una acción que va al corazón del ser (Kern unseres wesen, escribe Freud): sería el único allá que queda fuera de juego?”

J. Lacan: La dirección de la cura y los principios de su poder (pág.: 567)

 

            Mi presentación de hoy va a proponer más preguntas que respuestas alrededor de los temas expuestos ya en el título: el deseo del analista y el control. Con ellos, quienes organizamos este espacio pretendemos animar a que se haga una lectura actual de este texto de julio de 1958, La dirección de la cura y los principios de su poder, al colocarlo junto a la cuestión del control, hecha cuestión de Escuela por el Comité de acción de la Escuela Una en octubre del año 2000 al dar un marco político a la garantía que la Escuela puede otorgar sobre la formación del analista.

             Aquel Comité de acción de la Escuela Una señalaba en su documento que la Escuela tiene en cuenta que la formación del analista no se limita a un aprendizaje teórico, académico, sino que, tomando una expresión de Lacan que no está sacada del texto que nos va a ocupar este año pero cuyo espíritu lo recorre de principio a fin: no hay formación del analista sino formaciones del inconsciente. Ser analista, por tanto, ¿es una formación del inconsciente como el sueño o el lapsus? De ser así, ¿qué deseo pone en juego?.

             Una última observación sobre el espacio que nos convoca. Por hacer una lectura actual entendemos, y este es el espíritu que anima al espacio, devolver la vida al texto en las preguntas que plantea, en las preguntas que nos plantea, en lo que nos conmueve como lectores y, lejos de remitir las respuestas al propio texto para hacer con ello una lectura exegética, explicativa del mismo, o dicho de otro modo, demandar al autor las explicaciones pertinentes sobre lo dicho, lo que nos proponemos es separarnos de su discurso para elaborar un discurso con preguntas propias, con las propias dificultades en su comprensión y, por tanto, con respuestas propias.

             Dicho de otro modo, proponer una lectura que ponga en juego el propio deseo de saber. Este deseo de saber, cercano, creo, a esa pasión del yo que es el deseo de no saber ¿tiene relación con el deseo del analista?

             No me demoraré más en los preámbulos, que sin querer han planteado ya dos cuestiones sobre el deseo del analista, y empezaré con mi recorrido del texto.

             Para ello iré al segundo de los párrafos que he elegido para mi comentario de hoy: “El deseo es lo que se manifiesta en el intervalo que cava la demanda más acá de ella misma, en la medida en que el sujeto, al articular la cadena de significantes, trae a la luz la carencia de ser con el llamado a recibir el complemento del Otro, si el Otro, lugar de la palabra, es también lugar de esa carencia” (pág.: 607).

             Entiendo que este párrafo permite plantear la tensión que destaca el documento del Comité de acción de la Escuela Una al que he hecho referencia entre el deseo del analista en formación y la formación del deseo del analista. Podemos pensar que el primero, el deseo del analista en formación, apuntaría justamente a esta pretensión de completud del Otro: ”Señor ¿qué hay que hacer, qué hay que decir en semejante caso?” (Cf. Discurso de Roma. Autres Écrits, pág.: 134).

             Si no olvidamos que en el control juegan sus respectivas partidas el controlador y el analista que solicita el control, ambos concernidos por su deseo del analista, situar el deseo del analista en esta perspectiva sería, en mi opinión, situarlo en la misma perspectiva que Lacan criticará a lo largo de todo el texto que este año nos convoca, el del analista que aspira a colmar el deseo del analizante por la vía de la identificación. Pero, si nos colocamos en la perspectiva del analizante, en la perspectiva de la transferencia del analizante respecto del analista a propósito de esta relación entre deseo y saber, nos encontraríamos a un analizante que, en respuesta a la demanda del analista “diga todo lo que se le ocurra”, inicio de toda experiencia de psicoanálisis desde que Freud abandonó la hipnosis primero y la sugestión después, trata de colmar al analista en lo que supone que es su deseo con un saber que considera que el analista ignora, el de su propia historia como paciente, como yo sujeto a las pulsiones.

             En este escenario, que no responde a ninguna simetría dado que, como vemos, la demanda del analizante -”escúcheme y dígame lo que sabe de mi malestar”- y la demanda del analista -”diga lo que se le ocurra”- no se corresponden. En este escenario, digo, ¿qué diferencia cabe encontrar entre ambos deseos que sostienen las respectivas demandas?

             Para hilvanar una respuesta a esta pregunta podemos acudir a la continuación del párrafo que acabo de citar: (si responde a la demanda) “Lo que de este modo al Otro le es dado colmar, y que es precisamente lo que no tiene, puesto que a él también el ser le falta, es lo que se llama el amor, pero también el odio y la ignorancia” (pág.: 607).

             Dicho de otro modo, y para acortar mucho mi reflexión, el deseo del analizante se articula alrededor del mito edípico y, por tanto, de la cuestión del falo, no de tener o no tener el falo sino de ser o no ser el falo del Otro. Por tanto el deseo el analizante se articula en torno a una demanda de ser, que aquí tomaría la forma de una demanda de ser escuchado como único, como singular, como Uno.

             Para entender mejor lo que se pone en juego, lo que insiste en este deseo del analizante acudiré al primero del los párrafos señalados en la convocatoria del espacio de hoy: “La metonimia es, como yo les enseño, ese efecto hecho posible por la circunstancia de que no hay ninguna significación que no remita a otra significación, y donde se produce su más común denominador, a saber la poquedad de sentido (comúnmente confundida con lo insignificante), la poquedad de sentido, digo, que se manifiesta en el fundamento del deseo y que le confiere el acento de perversión que es tentador denunciar en la historia presente.

            “Lo verdadero de esta apariencia es que el deseo es la metonimia de la carencia de ser” (pág.: 602).

             Esto del lado del analizante y su deseo que sostiene esta demanda de amor que es la transferencia. Pero ¿valen estas mismas consideraciones para hablar del deseo del analista? Alrededor del tema del pase hemos oído muchas veces que al final del análisis hay analista, que el deseo del analizante se ha transformado en deseo del analista. ¿Cómo entender esta transformación? ¿A partir de qué elementos?

             Para iniciar una respuesta a esta pregunta sin el ánimo de que esta respuesta sea exhaustiva podemos tomar alguno de los elementos de lo ya expuesto a propósito del deseo del analizante y pensar qué transformación puede sufrir el deseo al final de un recorrido analítico.

             La primera puntualización que se me ocurre es que el analista, al final de su recorrido analítico, se ha desprendido de la ficción de que su ser Uno, de su condición de único, de que su “sí mismo” le va a venir dado por el Otro que va a acceder a convertirlo en su falo, en su objeto de deseo. Caída, por tanto, de la demanda de amor en la transferencia y, consecuentemente, destitución del analista como ese Otro a quien dirigir esta demanda de amor: “dime que soy yo (a quien deseas)”.

             Por tanto, pensar el final de un análisis es pensar en este Uno sin el Otro. Pero ¿es un Uno absolutamente sin Otro? Para matizar este absoluto, señalaré que, al final del recorrido analítico, a este Uno su alteridad se le ha quedado reducida a su sinthome, a lo irreductible de su falta en ser, a saber que lo otro de su ser es su nada, si hemos de ser hegelianos, lo cual no le exime, como podemos deducir, de estar sometido a su propio deseo.

             La pertinencia de esta observación me vino dada de un comentario de Santiago Castellanos durante el pasado encuentro “Elucidación de Escuela” celebrado en Madrid el pasado 19 de septiembre y que tomé como una respuesta a una pregunta mía a la que por la premura de la improvisación le faltó la segunda parte, parte ausente a la que, en mi opinión, Santiago dio respuesta.

             Mi pregunta partía de la consideración que hace San Agustín sobre el tiempo en el Libro XI de sus Confesiones, en la que divide el tiempo subjetivo en tres presentes: un presente pasado, un presente presente y un presente futuro, lo que permite considerar la idea de Lacan de que el tiempo del sujeto, o más exactamente el tiempo del fantasma del sujeto sería el de un futuro anterior en el que el deseo del sujeto “habrá sido” colmado. Ello me llevaba a considerar, fue mi pregunta, si el final del análisis suponía un agotamiento de este tiempo subjetivo para hacerlo simplemente presente.

             La respuesta de Santiago Castellanos, o, más exactamente, lo que yo entendí de su respuesta giró en torno a la advertencia de no idealizar al A.E. y considerarlo como un individuo exento de humanidad por haberse liberado de toda alteridad. O por decirlo con palabras de Freud en “Análisis terminable e interminable” (Amorrortu Ed., tomo XXIII, pág.: 237), nos advirtió contra la ficción de considerar una posible normalidad exenta de pulsiones.

             Por tanto, no cabe considerar a este analista que alcanza a sostener su deseo de analista al final de su propio recorrido analítico como un sujeto enteramente sin Otro, como un sujeto ideal exento de alteridad.

             Es por ello que cabe plantear la tesis de que el deseo del analista no es una derivación, una transformación del deseo que se sitúa “más acá de la demanda”, sino que guarda con él diferencias que lo hacen singular, impuro en expresión de Lacan, siendo la más notable de estas diferencias la de que es un deseo cuyo origen no se sitúa en el mito edípico porque no está llamado a sostener una demanda de amor, aunque ambos, el deseo y el deseo del analista, van a sostener el mismo Real: no hay relación sexual, afirmación ésta que el deseo vela con la elaboración del mito edípico y la lógica fálica que comporta, mientras que el deseo del analista está llamado a desvelarlo al aceptar el analista en convertirse en el mismo desecho en el que convirtió él a su propio analista.

             Vemos, pues, que sólo este último deseo conviene al analista en su acto, y hay que recordar siempre que toda interpretación es un acto: desde una observación hecha al paciente hasta el corte de una sesión. Insistiré, por tanto, en que el único deseo que conviene a la escena que este acto abre es este deseo impuro que, por no derivar del mito edípico, pude abrir un espacio a la singularidad del analizante en su encuentro con su goce más allá del significante fálico ((x) ┐Φ(x)).

             Pero el analista, al adentrarse solo en su consulta para prestar su presencia y su cuerpo a la transferencia del analizante ¿será capaz de dejar su humanidad en la puerta? Detengamos la proyección en este instante y analicemos la escena.

             El texto que nos ocupa este año va a tener un tema que lo recorre como hilo argumental: la crítica del concepto de contratransferencia y su “impropiedad conceptual”. Este concepto se había convertido en central para los analistas pos-freudianos al proponer un final de analista a partir de la identificación al “yo fuerte” del analista. ¿Cual es la alternativa que empieza a proponer Lacan en este texto y cuyo desarrollo podemos seguir hasta el Seminario XI para verlo luego re-formulado a partir del Seminario XIX?

             Hemos oído muchas veces, y a ello aludía al principio de mi presentación, que el deseo del analista deriva de un deseo de saber. Pero, si antes ya he señalado que este saber al que se refiere la idea “el deseo del analista es un deseo de saber” no hace referencia a un saber académico, transmisible en la formación del analista, ¿a qué saber se refiere este “deseo de saber”?

            Podemos pensar que se trata de un deseo fundado en un deseo no aprendido sino vivido en el propio análisis: que, como ya he dicho antes, la alteridad última del sujeto es la nada. Aquí podemos encontrar de nuevo la marca de la diferencia entre ambos deseos: el deseo metonimia de la falta en ser que se escribirá en el piso superior del grafo del deseo como (S◊D)       S(A) y que llevará al sujeto a proponerse como “amable” en una identificación narcisista que va desde (S◊D) hasta s(A), trayecto en medio del cual construye su fantasma (S◊a). Dicho de otro modo, el deseo como deseo humano, depende de la pulsión.

             El deseo del analista, como ya hemos dicho, no es un deseo pulsional sino que hace la función de este deseo al proponer en la dirección de la cura un vaciamiento del objeto, es decir, el llevar al paciente hasta la emergencia de su sinthome, hasta el saber de la nada como alteridad última.

             Permitidme que cite a Hegel en las últimas lineas de su Fenomenología del espíritu: “ambas [la historia y la Fenomenología] tomadas conjuntamente, y, por tanto, la historia entendida (la transmisión que el analizante hace de su recorrido en el pase) y la historia traída a concepto (el sinthome como argumento último que sostiene toda esta construcción histórica), constituyen la memoria y el calvario del espíritu absoluto (por cuanto este sinthome viene a quedar como resto de goce que viene a velar lo insoportable de este vacío, de esta irreductible falta en ser), la realidad, verdad y certeza de su trono, sin el que en ese espíritu absoluto no será sino lo solitario carente de vida; pues sólo del cáliz de ese reino de los espíritus/le espumea a él [a este espíritu absoluto] su infinitud” (Ed. Pretextos, pág.: 914).

             Apuntaba antes que convenía no idealizar la posición del A.E. ya que, aunque con un margen de libertad mayor si se quiere, está sometido a su humanidad igual que cualquier ser hablante. Lo mismo sucede con nuestro analista en trance de dejar su humanidad en la entrada de su consulta junto a los otros paraguas. Siempre se va a llevar pegado algún jirón que lo va a acompañar en las dos destituciones a las que va a verse sometido como analista: la de su saber que el analizante va a hacer “supuesto saber” y la de su ser que se convertirá en desecho “sin el encanto ni las delicias del goce masoquista”, según S. Cottet.

             Es aquí, en los efectos de estos jirones de humanidad, en esta letra de goce que persiste al final de un análisis donde cabe situar la cuestión del control y la garantía de la Escuela.

             Para abreviar mi exposición, que a estas alturas empieza a ser larga, les invitaría a leer un texto de Vicente Palomera titulado “El pase y el control” publicado en Freudiana n.º 30 y en la que la cuestión del control se presenta como una viñeta clínica que atañe al propio analista en sus dificultades. No me detendré a comentar más, aunque de dicho texto quiero extraer dos ideas con las que concluir:

             1.- que la cuestión del control es una cuestión que concierne a la ética del psicoanalista en la necesidad de no interferir en el buen decir del paciente;

             2.- que, citando a Vicente Palomera, “(…) el control no comunica un saber teórico. Es una experiencia en la que, igual que en análisis, el sujeto es puesto a prueba, es decir, donde se pone a prueba lo que podemos llamar ‘capacidad subjetiva de sostener el acto analítico’. Esta capacidad es siempre el producto del propio análisis y está sometida a lo que Lacan nombró como ‘corrección del deseo del psicoanalista’ … por el propio análisis” (sic., pág.: 27).

             Vemos en este último punto el paralelismo que antes señalaba entre las dos escenas: la que protagonizan el analista y su analizante, y la que protagonizan el controlador y el analista que demanda el control de un caso.

             Si este último comentario apunta a la posición del analista en control, abre la pregunta de cuál es la posición del controlador en este dispositivo, pregunta que dejaré por el momento abierta.

             Finalizo aquí mi recorrido con una cita sacada del texto que nos ocupará este año: “Puesto que se trata de captar el deseo, y puesto que sólo puede captárselo a la letra, puesto que son las redes de la letra las que determinan, sobredeterminan su lugar de pájaro celeste, ¿cómo no exigir al pajarero que sea en primer lugar un letrado?” (pág.: 621).

             Espero haber podido aportar algunas referencias que nos permitan orientarnos en la lectura que nos proponemos realizar este curso de poner en discusión la cuestión del control y la garantía que la Escuela puede aportar. 

Gracias por vuestra atención y vuestra paciencia.

 

 Valencia, septiembre de 2015


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