La dirección de la cura y los principios de su poder por Paco Hernández Díaz

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Notas de un recorrido por el texto en su contexto

 A falta de encontrar un título adecuado me he quedado con este que me ha servido de guía en la lectura que he hecho sobre este trabajo de Lacan: “Notas de un recorrido por el texto en su contexto”.

1) Nota previa

De modo que aquí, texto y contexto se dan de la mano. Uno no es sin el otro. Digo que, la lectura que he hecho del texto de Lacan de 1958 ha estado guiada por una reflexión que se puede resumir con estas preguntas: 

  • ¿Dónde estaba el psicoanálisis en esos momentos en que Lacan escribe este texto?
  • En esos momentos, respecto al psicoanálisis ¿qué es lo que estaba en juego?
  • ¿Cuál era la posición de Lacan respecto al psicoanálisis reinante, al dominante en esa época?
  • ¿En qué medida este texto es una concreta expresión del deseo del Lacan analista? Es decir, una puesta en acto de su deseo. El mismo Lacan, hacia el final de su texto, dice: “Vayamos más lejos. Interroguemos lo que ha de ser el ser del analista, en cuanto a su propio deseo” (Escritos,622). De modo que este texto interpela, en primera instancia, tanto al propio analista como a la institución en la que está.
  • Dicho de otro modo formulo la pregunta siguiente En qué medida la posición que toma Lacan en este texto es un acto político, de política psicoanalítica, sin duda, pero política al fin y al cabo, ya que se trata de los principios del poder de la cura, pero al mismo tiempo es un desafío al poder psicoanalítico instituido, al oficial, en ese momento representado por la IPA de la cual Lacan aún formaba parte. Lucha política interna en la medida en la que está en juego la teoría y la práctica psicoanalítica, pero también lucha política externa en la medida en que este texto no es solo una crítica que apunta al corazón del poder instituido, sino que al mismo tiempo diseña una nueva alternativa para el futuro del psicoanálisis. 

2) Recordemos simplemente los títulos de los 5 capítulos o temas en cuestión en este texto: 

  1. ¿Quién analiza hoy?
  2. ¿Cuál es el lugar de la interpretación?
  • ¿Cuál es la situación actual de la transferencia?
  1. ¿Cómo actuar con el propio ser?
  2. Hay que tomar el deseo a la letra. 

3) Algunos puntos que he entresacado de estos capítulos.

En primer lugar, creo que hay que destacar la manera progresiva y constante que Lacan va produciendo textos que van dejando huella de su visión teórico-práctica del psicoanálisis, una progresión de trabajo renovada prácticamente hasta el final de sus días, igual que hiciera Freud.

Sin remontarnos muy atrás, recordemos que Lacan en 1953 ya plantea unas bases de lo que podríamos llamar su “corpus” teórico en su trabajo “Función y campo de la palabra y el lenguaje en psicoanálisis” (o “Discurso de Roma”), en el que tiene un destacado peso la lingüística estructural y diversas influencias de la filosofía y la ciencia. Este texto ya lo trabajamos en este mismo espacio hace dos años.

Desde el punto de vista institucional, hay que tener en cuenta que en 1953 la Sociedad Freudiana de Paris (SFP) se constituye como fruto de una agitada escisión de la Sociedad Psicoanalítica de Paris (SPP), que bajo la tutela de la IPA (Internacional Psychoanalytic Association) tenía hasta entonces el monopolio institucional del psicoanálisis en Francia.

En noviembre de 1963 Lacan es expulsado de la IPA. Se disuelve la Sociedad Freudiana de Paris, y en junio de 1964 Lacan funda su propia escuela bajo el nombre de École Freudienne de Paris (EFP). En este acto de fundación Jacques Lacan dice: “Fundo –tan solo como siempre he estado en mi relación con la causa psicoanalítica– la Escuela Freudiana de París, cuya dirección ejerceré personalmente durante los próximos cuatro años.

En enero de 1980 Lacan disuelve su Escuela Freudiana de Paris (EFP) y en enero 1981 funda L’École de la Cause Freudienne.

El 9 de septiembre de 1981 muere Jacques Lacan, a la edad de 80 años, víctima de un tumor abdominal.

Para el esclarecimiento de esta secuencia histórica nos podemos remitir al trabajo de J.-A. Miller, Escisión, Excomunión, disolución, Buenos Aires, 1989.

Este rápido recorrido por los avatares institucionales solo pretende tener en cuenta en qué condiciones se desarrolla la apuesta de Lacan por recuperar el legado freudiano e intentar ir más allá en su práctica y conceptualización.

En ese sentido se puede entender a Lacan cuando en este texto “La dirección de la cura y los principios de su poder” dice que hay que “reinventar el análisis, o a volverlo a hacer…” (p. 572).

En efecto, será en el coloquio que tuvo lugar el 13 de julio de 1958 en la abadía de Royaumont, en el valle de Oise, cerca de París, a iniciativa y organizado por la Sociedad Freudiana de París, la SFP, donde Lacan presenta su trabajo sobre “La dirección de la cura y los principios de su poder”. En este texto Lacan se posiciona abiertamente sobre la teoría y la práctica psicoanalítica dominante en esos momentos en Francia bajo el control de la IPA.

 El año 1958 se considera un año fecundo en Lacan. En efecto, en mayo de ese año redacta “La significación del falo”, también publicado en los Escritos, y además acaba de terminar el Seminario V. Las formaciones del inconsciente (1957-1958, Éd. Seuil, 1998).

Ahora, a toro pasado, se puede apreciar la construcción lógica que sostienen sus textos y la posición que va tomando Lacan respecto a lo que se ha acordado en llamar su retorno a Freud.

El tema central es que Lacan y sus amigos ya no soportaban más los desvíos postfreudianos, tanto en materia de doctrina como con respecto a la práctica, desvíos que alejan a lo que apunta el psicoanálisis, a lo más vivo del descubrimiento freudiano: el inconsciente.

En realidad, el inconsciente poco a poco va desapareciendo de las preocupaciones de la IPA. Para la IPA la aportación freudiana está obsoleta y se propone, paradójicamente, sobrepasar una doctrina que ignora. Lacan va a oponerse a esta “tendencia a la degradación de la dirección de la cura”.

Nada extraño, pues, si Lacan empieza este texto sobre la dirección de la cura con una pregunta que sigue teniendo su vigencia: ¿Quién analiza hoy?

Para Lacan, hay una cuestión estructural en ese movimiento perpetuo, imborrable entre los registros de la teoría y práctica, eso que los griegos llamaron praxis. En la praxis hay una continua retroalimentación entre teoría y práctica, una teoría que no cesa de no escribirse. La dimensión técnica no es suficiente, y en eso, dice Freud, el trabajo analítico forma parte de “los oficios imposibles”, es decir, insiste en que no es reducible a criterios técnicos. “Hay que inventar para responder a las piezas sueltas de real que surgen en la cura”, por lo tanto, cito ahora a Patrick Monribot que concluye sobre este punto con esta pregunta “¿cómo defender la cura como experiencia de lo real, del inconsciente real, máxime cuando lo real es ineliminable?”[1]. Es decir, aunque Lacan en ese momento no lo nombra explícitamente, en la cura hay una confrontación con lo imposible que, pase lo que pase, se impondrá.

Recular ante lo imposible plantea una cuestión ética, por eso hay que apoyarse en la ética cuando no hay ninguna técnica que valga para afrontar lo real. Al respecto, de la lectura que hace Monribot de este texto de “La dirección de la cura y los principios de su poder” plantea lo siguiente: 

Cuando hay que arriesgarse con el acto, en la soledad de una invención, hay pocas cosas, aparte de la ética, que nos permita actuar sin el Otro”. Podemos recordar aquí las Jornadas en las que se planteaba la soledad del analista en su acto… 

Al principio del texto de “La dirección de la cura y los principios de su poder”, Lacan aborda el concepto de contratransferencia, resaltando la simetría que eso implica entre analista y analizante, como estando los dos hechos de la misma arcilla (p. 565), como si los dos estuvieran en posición de sujeto en la cura.

Pero para Lacan, no se trata de confrontar el Yo de uno con el Yo del otro como atrapados en el eje imaginario: 

a————-a’ 

Por el contrario, se trata de promover una dialéctica intersubjetiva sobre el eje simbólico.

Esta elaboración la podemos ver en el Esquema L de Lacan 

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Lacan no dice que la contratransferencia no exista, ni que no deba hablarse de ella, máxime si el analista es sujeto de deseo y como tal puede que tenga transferencia con el analizante. Lo que Lacan dice es que eso hay que hablarlo en el control para rectificarlo. Y sobre lo que Lacan insiste es que la contratransferencia no es una buena brújula para dictar la conducta de la cura.

Llegados a este punto, y siguiendo a Lacan, aparece un enigma. La naturaleza enigmática del deseo del analista, el alcance del deseo del analista está en juego desde el instante inaugural. De modo que surge la pregunta siguiente: ¿De qué está hecho el deseo del analista, ese deseo que no sería un deseo de sujeto?

En cualquier caso, Lacan dice que “ciertamente es el psicoanalista el que dirige la cura”. Pero dirigir la cura no es dirigir al paciente. Ahí no está “el principio del poder de la cura”. ¡Evidentemente, siguiendo la estela de Monribot, hay que tener cuidado con no desviarse en este punto!

Lacan dice que el paradigma de lo que no hay que hacer es “la dirección de la conciencia”, tal como la preconiza la religión católica. El analista no es “un guía moral”. Por lo tanto, ironiza Monribot, “no hay competencia entre el cura y la cura”.

Seguramente no es por azar que dos años más tarde, (1959-1960), Lacan escriba el Seminario sobre “La ética del psicoanálisis”. 

En esos momentos, pues, dos puntos parecen quedar claros:

  • No hay que hacer uso de la contratransferencia como vector de la cura.
  • Y, en la dirección de la cura, el analista no es un “director de conciencia”.

Para Lacan, se trata de hacer aplicar la regla analítica freudiana de la libre asociación, aunque piensa que la libre asociación no sea tan libre como pudiera parecer.

En efecto, en este texto –“La dirección de la cura y los principios de su poder”– Lacan dice que “el sujeto invitado a hablar en el análisis no muestra en lo que dice, a decir verdad, una gran libertad (…). Nada más temible que decir algo que podría ser verdad…” (p. 596)

Durante los años cincuenta, Lacan corrige la idea de verdad, hasta tal punto que J.-A. Miller en su texto “El ultimísimo Lacan” dice que “lo verdadero está a la deriva cuando se trata de lo real. (…) “Lacan, –continua diciendo Miller– trata de liberar al psicoanálisis de la creencia y particularmente de la creencia en lo verdadero”. En el texto de Televisión Lacan insiste: “yo digo siempre la verdad: no toda, puesto que, a decirla toda no alcanzamos. Decirla toda es imposible… incluso por ese imposible la verdad es solidaria de lo real” (pp. 27-28), y Miller lo transcribe así: 

            Verdad ◊ Real 

     Imposible

En cualquier caso, la verdad que se pueda alcanzar no está ahí como si fuera un fósil que espera ser descubierto, sino que procede y surge de un intercambio intersubjetivo en el vínculo analítico (…). Hay que tener en cuenta que en esta época de la enseñanza de Lacan, la de 1958, el analista está implicado en la cura como sujeto, en tanto posición dialéctica con el analizante. Recordemos que ya Sócrates estaba implicado con lo que pasaba en su relación dialéctica con su interlocutor Alcibíades.

En ese sentido Lacan dirá que el analista también debe pagar:

  • pagar con palabras cuando se transmutan a su efecto de interpretación…
  • pero también paga con su persona en tanto que la presta como soporte a los fenómenos singulares que el análisis ha descubierto en la transferencia.
  • ¿Olvidaremos que (el analista) tiene que pagar con lo que hay de esencial en su juicio más íntimo, para mezclarse en una acción que va al corazón del ser: sería él el único que allí quedaría fuera del juego? (“La dirección de la cura y los principios de su poder”, p. 567). 

Pero, según el psicoanalista Rodolphe Adam, de la Sección Clínica de Burdeos, al analista le queda una considerable libertad en la dirección de la cura, como es la elección de sus interpretaciones, libre de la cantidad que hace y del momento de hacerlas. Esta libertad muestra qué hay de indeterminado en la experiencia analítica, lo que es sinónimo de la responsabilidad del analista.

Otro colega de Burdeos, Jean Pierre Deffieux, dice que “interpretar, en el sentido lacaniano, es traducir (…). La traducción de la interpretación apunta fundamentalmente al     elemento faltante en el otro, eso es lo que Lacan va a estigmatizar al final de este texto con el significante fálico como significante del deseo. Dicho de otra manera, a lo que apunta la interpretación de las repeticiones inconscientes es al deseo que las anima”. (Lacan, “La dirección de la cura y los principios de su poder”, pp. 572-573). Curiosamente en este punto II que lleva por título ¿Cuál es el lugar de la interpretación?, es donde Lacan recuerda que “no hay otra resistencia al análisis que la del propio analista” (p.575)

Pero a Lacan la asociación libre no le parece inútil en la medida en que puede evitar la deriva hacia la introspección psicológica, en tanto que máquina de fabricación de sentido, en cuanto a la interpretación, no hay una regla universal.

No obstante, como sujeto, el analista no se escapa de tener que habérselas con su falta-en-ser, es decir, apoyarse sobre la subjetivación de su propia castración, en vez de apoyarse en la densidad de su supuesto ser. En esa época, la conclusión de un análisis era la asunción de (asumir) la castración. Con la falta-en-ser Lacan propone de nuevo un límite al poder del analista y a su infatuación.

En ese sentido queda abierta la cuestión de saber si el analista puede “medir los efectos de su palabra o los efectos de su acto. Patrick Monribot dice que el analista “nunca está seguro de su acto, que no se sabe si la intervención tendrá –o no– valor de acto analítico”.

Pues bien, a partir de 1968 para Lacan, el analista operará no como objeto a sino como semblante de objeto a (P. Monribot).

Más tarde, a propósito de la interpretación, se tratará de apuntar a la parte pulsional del ser del analizante, aquella que apunta al sujeto, a la que luego Miller, hablará de la interpretación que apunta al inconsciente real, no recuerdo en qué parte de “El ultimísimo Lacan” lo dice.

Lacan en el Seminario XI, Los cuatro conceptos fundamentales de 1964 dice en la página 129 “….el arte de escuchar casi equivale al arte de bien decir”. Bien decir, no tanto traducido como “la palabra llena y no la palabra vacía, sino buscar y utilizar la palabra justa. Se trata pues de la utilización de esa palabra justa que “deshace una identificación desconocida”, o aquella palabra que mejor “nombra o cierne un goce oscuro” (P. Monribot). 

Anna Aromí, la psicoanalista que vino este sábado pasado para comentar los tres últimos capítulos del Seminario 10. La angustia de Lacan decía que el analista “opera si él mismo responde a la estructura del extraño, si es un Sócrates como extraño; si el analista produce extrañeza, si soporta la angustia del paciente a condición de no angustiarse él; si como semblante de objeto a puede ofrecer a la angustia real un lugar donde poder alojarse y no estar diluida en el ser. 

[1] Las referencias textuales de Patrick Monribot provienen de un curso que él impartió sobre este tema

 en la Sección Clínica de Burdeos, en octubre de 2014.

 


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