LOS OBJETOS DE LA ANGUSTIA HOY Por Rosa Durá Celma

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“La relación sexual no existe”, “lo real es lo que no cesa de no escribirse” o “solo el amor permite al goce condescender al deseo” son fórmulas, apólogos, enunciados escabel –como los nombra Miller en algún lugar (2007, 82)– que remiten a momentos concretos en la enseñanza de Lacan, puntos de apertura o de cierre que escuchamos, escribimos o empleamos a menudo. En el Seminario dedicado a la angustia, se encuentran algunos de estos dichos: “La angustia es el signo del deseo del Otro”, “La angustia es una señal de lo real” o “La angustia no es sin objeto”. “Objeto”, en singular. El título de esta mesa alude a los objetos de la angustia, en plural. ¿A qué objetos se refiere? Y sobre todo, ¿por qué el sujeto contemporáneo sucumbe tan dócilmente a esos objetos aun con el coste sintomático que ello acarrea? Síntomas que sabemos tienen una relación íntima con la angustia.

Comenzaré intentando responder a estas preguntas recogiendo una idea de Jorge Alemán que propone pensar cada época en el marco de una paradoja que consiste en que todo periodo está en relación con algo ahistórico.[1] Extraigo la tesis de Alemán del contexto en el que la desarrolla para tratar de formalizar y explicarme por qué el capitalismo, aliado con la ciencia, ha triunfado de tal manera. E interpreto esa ahistoricidad en el nivel del sujeto como algo de naturaleza topológica y sincrónica, producto de la separación; es el objeto a como causa, como resto no dialectalizable. Este es el objeto implicado al que Lacan alude mediante la fórmula negativa “no es sin”. En la angustia hay objeto pero no se trata de un objeto del mundo, no es especularizable. Consiste en una función, la de la presencia de un hueco, un vacío entre el sujeto y su Otro que cualquier objeto pulsional puede ocupar. El lugar del objeto a como causa está del lado del sujeto, no obstante lo sitúa mediante el fantasma en el campo del Otro. De este modo puede tomar el objeto causa como meta, como objeto que compensa la pérdida de goce original (y mítica). Ganancia recuperable a la que Lacan denomina plus de gozar. El discurso del amo sustrae al sujeto el plus de gozar, implica una forma acotada de recuperación de goce y una salvaguardia del deseo, es decir, de la falta. ¿Pero qué ocurre hoy en día, en los tiempos del llamado capitalismo salvaje, en los tiempos en los que el discurso capitalista se ha hecho el amo? A principios del siglo XXI se produce una subida al cenit social del valor de goce; gozar es un derecho[2]. El declive del Nombre del Padre es una realidad. El Otro contemporáneo sabe del mandato libidinal del sujeto y lo aprovecha, lo capitaliza ofreciéndole a este una satisfacción mediante los objetos de la producción, es decir, mediante la serie de objetos a en su valor de plus de goce. La maquinaria capitalista tiene éxito porque participa de la estructura del sujeto, estructura que el mercado no deja de alimentar.

En la serie norteamericana Mad Men, ambientada en las décadas de los años 60, Don Drapper, un avezado publicista, lo expresa con claridad: “La gente consume porque se siente mejor” (T5, ep.10). Esa época queda ya lejos del momento contemporáneo, el del consumo descomedido, tomado en muchos casos como forma de vida; el de los cambios en la estructura familiar, el de la cultura de la imagen. Ya no se trata de un goce acotado, que podía hacer sentir bien a la gente, como decía el protagonista de la serie, sino de un discurso, el capitalista, que excluye el lazo social, un discurso al que no le interesa el amor y al que, en su afán por llenar a los sujetos con los objetos de consumo que produce, los conduce a una soledad solo con objetos, en el que el goce autista se impone. Hemos pasado, por lo tanto, de un tipo de sociedad que estaba más orientada por la dialéctica del deseo y la palabra a una en la que impera la tiranía de la satisfacción. El sujeto moderno tiende a vincularse cada vez más con los objetos de goce, soslayando, también cada vez más, los objetos de deseo, los que pasan por el Otro. Tiende, asimismo, a defenderse de la angustia y en lugar de confrontarla, de resolverla, la encubre con las formas de goce estándar que brinda el sistema capitalista.

Aunque muy sumariamente y con la prudencia que exige un abordaje somero como el que aquí realizo, en lo que sigue trataré de aportar algunos de los objetos a los que, pienso, se nos invita a reflexionar en esta mesa. Y lo haré a partir de un breve texto de Miller titulado “Los objetos a en la experiencia psicoanalítica”. En ese escrito se explicita que existe un primer registro de los objetos a, el de los objetos naturales o parciales, y un segundo registro, el de los objetos de la cultura, objetos equivalentes de los primeros y donde cada uno de ellos da lugar a la fabricación de objetos cesibles[3], muchos de ellos objetos que se producen, se ponen a la venta y se comercializan; otros entran en la serie de objetos de soslayo, por medio de las exigencias de la época, de los usos y hábitos que impone.

Comenzaré con el objeto escópico y el invocante. Sobre el ojo y sobre la voz hoy se edifican grandes industrias. Podemos pensar en múltiples fenómenos que tienen lugar en la red, en la sobreexposición de la vida privada, en muchos de los programas que se difunden en televisión, en la proliferación de realidades virtuales o en la alternativa vital que proponen las videoconsolas. Todo ello requiere una tecnología que, vía mercado, resulta accesible a los sujetos y promueve adicciones, por ejemplo, a lo que las pantallas proyectan. No olvidemos, como dice Lacan en su seminario, que la realidad objetiva, el mundo de los objetos se modela para el sujeto mediante la imagen especular, y que es en el campo visual donde el sujeto está más protegido respecto a la angustia. De ahí que arraigue tan potentemente el poder del objeto mirada en un contexto de declive simbólico. Por otro lado, el cuerpo funciona como otro objeto que se embellece y se cultiva para darse a ver. El culto al cuerpo, qué duda cabe, es un imperativo de la época que produce nuevas formas de malestar.

El discurso capitalista se hace eco de una voz que apunta al campo narcisista de los sujetos y les ofrece un Ideal del yo de omnipotencia: “Con este objeto tú podrás ser el más…”, “Con este producto te convertirás en la más…”, “Con este sistema alcanzarás…” ¿Qué? Al final, estos imperativos, vestidos de atractivos eslóganes lanzados por la publicidad o la ciencia, resultan una constante fuente de insatisfacción y mortificación para los individuos en tanto que nunca obtienen lo que prometen. La castración es siempre inevitable.

Respecto al objeto anal, aquel que tiene que ver con todo lo cesible, lo almacenable, lo tomado en masa, podemos verlo en la compulsión a comprar, en la acumulación de objetos o en la voluntad de amasar riqueza. Es una incitación al más sin marco simbólico que lo encuadre.

El objeto oral. Imposible no situar aquí los trastornos originados por la relación del sujeto con el objeto oral, inducidos, en buena medida, por los hábitos alimenticios y los imperativos contemporáneos.

Miller, que tiene muy presente el Seminario 10 de Lacan, relaciona el objeto fálico con toda una industria farmacéutica fundada en los fenómenos de detumescencia.

En definitiva, y por concluir con esta parte de mi exposición: las manifestaciones clínicas del objeto son múltiples. La adicción es una de sus consecuencias. Adicción a los gadgets, a todo tipo de pantallas, al sexo, al dinero, a los fármacos, al deporte… Cuando Lacan piensa el goce como plus de gozar, la lista de objetos a se amplía; lo que caracteriza esencialmente el plus de gozar es que al mismo tiempo que da una satisfacción, profundiza la “falta en gozar”. ¿Qué resulta de todo esto? “La angustia surge cuando falta la falta, es decir, cuando hay objeto, muchos objetos”[4]. Cuanto más se entregan los sujetos a todas estas formas de goce estandarizadas que ofrece el mercado, más insatisfacción experimentan y más síntomas desarrollan.  Cuanto más permeables son a las exigencias del Otro contemporáneo más desdichados se sienten al no poder cumplir con ellas. El agujero abierto por la no relación sigue insistiendo en esta época, pero las respuestas que los sujetos actuales dan a ese vacío cristalizan en forma de nuevos síntomas.

El imperativo superyoico convoca a gozar, es cierto, la falla estructural también concierne al sujeto, pero el desfallecimiento de la función del Nombre del Padre que opera hoy en día ha dado al traste con las formas tradicionales de regular el goce, y los movimientos del Otro de la ciencia, del mercado y de la industria farmacéutica, además de alentar el goce, contribuyen con sus discursos, productos y sustancias (y en definitiva, con nuevos significantes amo) a un borramiento del sujeto y a un taponamiento de aquello que apunta a lo que le es más propio, su forma de goce. Y en esa partida la angustia tiene una función esencial, pues es ella la vía de acceso a lo real; es, como solemos decir, el afecto que no engaña.

La señal de la angustia está muy presente en los sujetos contemporáneos; el discurso común, también el de la ciencia, encubre la angustia con trastornos o episodios bautizados con nuevas nomenclaturas: ansiedad, miedo, estrés, ataque de pánico… En Secretos de la psiquiatría, Jacobson y Jacobson, afirman que la serotonina, por exceso o por déficit, participa de la patogenia del pánico, y las benzodiacepinas son el elemento fundamental del tratamiento de este trastorno. La causa de la angustia es un desequilibrio bioquímico, lo que equivale a decir que es un fenómeno que iguala a los sujetos en su sufrimiento y que, por lo tanto, tiene un tratamiento universal.

En el discurso de la ciencia actual existe una clara tendencia a eliminar el síntoma. Como dice Santiago Castellanos, “hay una alianza entre el Otro de la medicina y el Otro de la industria farmacéutica para tratar de obturar la posibilidad de tratar la singularidad del que sufre en su síntoma”. Desde ese enfoque, la deriva nos lleva a una consideración del síntoma ajena al sentido estricto del síntoma en psicoanálisis (como hemos podido comprobar gracias a las intervenciones de la mesa anterior). Para el psicoanálisis la angustia no es un fenómeno patológico que haya que extirpar. Desde el lado del sujeto es vista como un momento lógico que produce el objeto causa, tan necesario para el acceso al deseo; desde el lado del analista constituye una brújula en tanto señal de la emergencia de la subjetividad, en tanto mediana entre el goce y el deseo.

El capitalismo, en su coalición con la ciencia, produce síntomas. Lacan distinguió muy claramente el discurso capitalista del discurso analítico. Frente a la homogeneización de los sujetos, la dimensión particular del síntoma; frente al goce estandarizado por los objetos del mercado, el goce singular de cada uno, su fantasma particular; frente a la negación de lo real y de la falta, un “hacerle la contra”[5].

También dijo Lacan que el analista debe unir su horizonte a la subjetividad de su época (“Función y campo de la palabra”). Y hoy nos encontramos aquí intentando hacerlo. Pero cómo llevar esto a la realidad de la clínica es todo un desafío para los analistas, dados los rasgos del paradigma de la posmodernidad y dado que, cada vez más, el síntoma ya no llama a un desciframiento y el sujeto adolece de unos sólidos mimbres simbólicos. En este sentido, no puedo más que remitir a la invención de cada analista en el caso por caso; sabemos de lo incalculable de la tyché. No obstante, y en el marco de la articulación de la angustia con el discurso del amo actual, me gustaría concluir con una concatenación de nociones que, a mi modo de ver, se oponen a la deriva capitalista.

En el Seminario La transferencia Lacan presenta el deseo como un remedio frente a la angustia. Bajo esta perspectiva Éric Laurent formula que desangustiar consiste en hacer surgir la pregunta por el deseo.[6] Sin embargo desde otro enfoque, desde el que Lacan propone en su Seminario 10, la angustia es lo que convierte el goce en deseo (p. 189). Hoy en día el primero está ganando la partida al segundo; nos encontramos ante una degradación del deseo, de ahí la importancia de reavivar la pregunta.

En segundo lugar traigo a colación otros dos aforismos. El primero dice: “Solo el amor permite al goce condescender al deseo”. La angustia emerge cuando el objeto real se hace visible, cuando se intuye. El amor vela la angustia y lo que esta produce, el objeto causa. ¿Y qué es el amor desde este punto de vista? Responderé con el segundo aforismo: “Dar lo que no se tiene”. El amor así entendido, es decir, presuponiendo siempre la dimensión de una falta, no tiene lugar en el discurso capitalista, regido este por la lógica del tener, es decir, alentando el goce fálico. De ahí la necesidad de hacer consistir o existir la falta. José Ramón Ubieto lo expresa del siguiente modo: “Hoy, una declaración de amor eterno es, sin duda, más transgresora que el sexo itinerante”. Amor, pues, no como posesión del otro, como completitud –ya sea del partenaire ya sea desde el lado de la maternidad–, sino como lo que preserva la falta.

Y si algo hace oposición a la lógica fálica es la posición femenina. Es el goce otro, al margen de todo cálculo, sin normalizar, absolutamente singular. El goce no-todo que remite un muy particular saber, como señala Lacan en su “Nota italiana” (1974): “El saber en juego (…) es que no hay relación sexual”. El síntoma es la respuesta a la ausencia de programación sexual, pero en el contexto del capitalismo, estos síntomas no responden tanto a un tratamiento particular del sujeto, sino a las exigencias y significantes amo del Otro contemporáneo.

Deseo, amor y posición femenina, ideas sueltas como he dicho que, sin embargo, encuentran su abrochamiento en un lugar, en el de la posición del analista y en su acto.

Por lo que hace al amor, y circunscrito al Seminario 8, se encuentra la transferencia que “sigue la vía del amor para esbozar la función del objeto” (Miller, 2007, 62). El amor es una de las vías para abordar dicho objeto. El analista como un ser amable, con el señuelo del agalma en el bolsillo. Por lo que hace al deseo se encuentra la pregunta por el objeto que lo causa. El analista acompaña al analizante en su recorrido, un trabajo que parte desde el objeto meta y todos los objetos con los que el analizante creía colmarse, hasta el objeto causa, al que solo se llega atravesando la zona de la angustia, que el analista podrá encuadrar, podrá acotar pero no eliminar. Esta vía constituye un segundo abordaje del objeto.

Por último, la posición femenina, sostenida en el no-todo, al igual que la posición del analista. Ambos lugares conllevan una imposibilidad, la de decir qué es una mujer y qué un analista. Son ajenas a todo universalismo; existen en el uno por uno. La posición femenina está totalmente desinteresada en el tener y, es por eso que supone una radical subversión del mandato del Otro contemporáneo. Del mismo modo que lo que el psicoanalista sostiene con su acto es subversivo: va en contra de las identificaciones –y en la actualidad asistimos a la proliferación de identificaciones masivas–; va en contra de los ideales –el psicoanálisis se revela como una vía distinta que pasa por una renuncia a los ideales de potencia (Miller, 2007, 102)–; y va en contra de los significantes amo, también de los de cada época. Desde un punto de vista colectivo, no considero que el psicoanálisis sea la panacea, el remedio que abrirá las puertas a otra cosa. Sin embargo, sí lo veo como un espacio de resistencia, como un necesario discurso de resistencia.

La clínica actual tiene como horizonte estas coordenadas. Para el analista supone un reto, pero también para el analizante, porque autorizarse en su singularidad y consentir al agujero, a la falta, no resulta fácil hoy en día.

Concluiré haciendo referencia a un ilustrativo anuncio que ejemplifica a la perfección el aquí y ahora: www.reasonwhy.es.[7] Esta es la URL donde se publicita un peculiar objeto ¿El slogan? “Tienes todo, necesitas nada”. ¿El concepto? “Regalar nada”. Dicho así, la propuesta se aproxima al famoso aforismo lacaniano… si no fuera porque esa nada sale por la módica cifra de 29 euros. Sí, ya podemos comprar “nada”. La nada convertida en objeto de consumo, en producto del mercado. Confiemos que no llegue a cotizar en bolsa.

 

Bibliografía

Lacan, J., “La tercera” Intervenciones y Textos, Manantial, Argentina, 1993.

Lacan, J., “Nota italiana”, Otros escritos, Paidós, Buenos Aires, 2012.

Lacan, J., La angustia. Seminario 10, Paidós, Buenos Aires, 2006.

Morao, M., “La tendencia actual a eliminar los síntomas”, Virtualia, 2005.

Miller, J.-A., La angustia. Introducción al seminario X de Jacques Lacan, Barcelona, Gredos, 2007.

Ubieto, José Ramón, “Sexo y capitalismo”, en: http://joseramonubieto.blogspot.com.es/2015/07/sexo-y-capitalismo-decalogo-de-la-nueva.html

rosa.dura@uv.es

 

[1] “Y lo que elabora [Lacan] como objeto a minúscula es una función generalizada, que no es edípica ni tampoco cronológica, sino topológica y, si se quiere, sincrónica” (Miller, 2007, 58). Es esta sincronía lo que me permite aplicar la relación con la ahistoricidad que plantea Alemán.

[2] Miller, J-A., La angustia. Introducción al Seminario de J. Lacan p. 83.

[3] Miller, J-A., La angustia. Introducción al Seminario de J. Lacan p. 150.

[4] Miller, J-A., La angustia. Introducción al Seminario de J. Lacan, p. 85.

[5] Lacan, J.: «La tercera» en Intervenciones y Textos, Manantial, 1988, Argentina, p. 87.

[6]  Citado por Marisa Morao, 2005.

[7] http://www.reasonwhy.es/actualidad/sociedad-y-consumo/nada-el-regalo-para-los-que-lo-tienen-todo_2013-12-18

 


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