LOCALIZACIONES DEL GOCE: UNA LECTURA DE «KANT CON SADE» | Rosa Durá Celma

 

LOCALIZACIONES DEL GOCE: UNA LECTURA DE «KANT CON SADE»[1]

Rosa Durá Celma

 

Del escrito «Kant con Sade» hace un tiempo solo podía decir que era difícil. Ahora, sigo viendo esa dificultad, pero teniendo en cuenta que lo que hace obstáculo a la lectura es a la vez la posibilidad de la lectura. Primero el impedimento, la obstrucción; luego, no la facilidad, pero si la apertura, el posible encuentro. En algún lugar de los muchos que he transitado para realizar este escrito, he leído que el obstáculo de la lectura es el «sentido gozado». Y en el sentido gozado hay una amalgama de articulación significante e investimento libidinal. ¿De qué otro modo los coordinadores habrían elegido este texto y de qué otro modo los que hemos aceptado abordarlo –o la que ha aceptado a abordarlo– lo ha podido hacer? En «Los paradigmas del goce» Miller sitúa la satisfacción de orden semántico. Del lado del sujeto, el encarcelamiento del sentido produce un sufrimiento, de ahí la queja acerca de la dificultad del texto; del lado del Otro, la validación del sentido subjetivo, que culmina en el reconocimiento (2003: 224). La satisfacción simbólica, lo sabemos, no lo satura todo, la forma en la que la satisfacción queda articulada al lenguaje (sobre todo después de que en la última enseñanza de Lacan Un-Cuerpo venga al lugar del Otro) es otra cuestión. Pero aun así insistimos. Y el modo en que yo he insistido, o lo que es lo mismo, el modo en que he preguntado a este texto, ha sido fijándome en los puntos que con mayor insistencia me han mirado, ellos a mí, sí. Por eso no he tratado de recortar un solo aspecto o concepto y seguir su hilo, sino que he intentado hacer una lectura que me aclare mínimamente, sin perder de vista que algo de esa luz pueda alcanzar puntos de oscuridad para vosotros, el sentido de «Kant con Sade», aunque solo sea, como es el caso, un atisbo de sentido, que es así, poco a poco, con pequeñas briznas de significación, como me relaciono yo con la episteme lacaniana.

 

Como punto de inicio recogeré algo de la propuesta de este año, algo extraído de Psicología de las masas. La valoración que Freud hace de la masa es ambivalente, por un lado esta empobrece al individuo y es peligrosa para la comunidad, por otro, y reglamentada, puede hacer feliz al individuo y aportar avances para la sociedad (religión). No sin relación con esta idea están los imperativos kantianos, que parecen garantes, o aspiran a garantizar la convivencia comunitaria. «¿Qué debo hacer?» «¿Cómo debo actuar en mi vida para obtener el Bien?» Ese hacer es un para todos, en todas partes y, al mismo tiempo, para todo ser razonable. Sin embargo, el vienés, que ya había postulado la pulsión de muerte, va un poco más lejos, y afirma que en las masas afloran los conflictos inconscientes del sujeto: puede aparecer la nobleza, sí, pero también la crueldad. Ser razonable nos dice Kant; en su ética no se trata de ser felices, sino dignos. A Freud no le interesa tanto el bienestar, sino el malestar en la civilización, su objeto es un sujeto divido por sus pulsiones, que se desconoce a sí mismo. En Lacan es un sujeto que se pregunta por el deseo propio, y si bien un análisis no se hace para encontrar la felicidad, el sujeto es siempre feliz en el nivel de la pulsión; siempre se satisface. En Sade, en cambio, no hay pregunta, hay certeza sobre cómo obtener el goce, un goce que va más allá del placer, de la homeostasis, del bienestar; en el fantasma sadiano el sujeto es la víctima no el verdugo. Por eso este fantasma revela el objeto sustraído en la ética kantiana, el objeto a, distinto a los objetos de la experiencia. En la experiencia sadiana, el deseo, que es el soporte de la escisión del sujeto, se aviene a ser voluntad de goce (Lacan 2003: 752). En el fantasma de Sade el goce se petrifica en el objeto, «se convierte en el fetiche negro (…), es lo que sucede con el ejecutor en la experiencia sádica, cuando su presencia en el límite se resume en no ser ya sino su instrumento». En la ética de Kant hay un objeto escondido que solo, con ayuda de Sade, puede ser descubierto. Sade es el instrumento. Es lo que parece captar Man Ray en su grabado, El imaginario retrato del marqués de Sade,[2] donde el noble, paradigma del goce sádico, aparece petrificado; tonos grises solo modificados por el azul y el rojo de los ojos y la boca, zonas que bordean los objetos escópico e invocante. El goce se coagula en la experiencia, que solo se obtiene a través de la transgresión, que conduce a la zona de horror que implica el goce sin el velo de la belleza ni la ley, es decir, sin lo imaginario y lo simbólico, sin recurso al semblante.  El verdugo tiene el lugar del objeto, no del sujeto y, como tal, representa un pedazo, una punta de real. Distinguimos, pues, la libido en el campo del deseo, en el orden significante, y la libido como Das Ding, fuera de él. Con Sade la oposición entre goce y placer es esencial; no hay velo, no hay semblantes frente a lo real del goce. Objeto escópico que aprehende la angustia en el otro, su división, y objeto invocante, en estrecha relación con el imperativo superyoico.

Sade representa al sujeto que se coloca como objeto de la pulsión, en posición de objeto- instrumento de una voluntad de goce propia del Otro. Es instrumento del objeto de la pulsión escópica e invocante. Las escenas en las obras de Sade están pensadas para ser vistas, presentan una secuencia, un orden, los que asisten a ellas administran su goce. La Voluntad domina todo el asunto, es voluntad de goce.

En «Los paradigmas del goce», Miller nos dice que en La ética del psicoanálisis –un texto contemporáneo a «Kant con Sade»– se comienza por el principio del placer, por la homeostasis, y a medida que avanza se llega a la fragmentación sádica. El camino es inverso al de Los cuatro conceptos, donde se comienza en el cuerpo fragmentado de las pulsiones parciales, zonas erógenas que solo piensan en su bien, y luego hay una integración, que se realiza gracias al goce pulsional, que se alcanza siguiendo el camino normal de la pulsión, su ida y vuelta, sin transgresión ni lo masivo (2003: 234-235). La alienación y la separación implican el funcionamiento normal de la pulsión, mientras que en el Seminario anterior, y en «Kant con Sade», para alcanzar el goce es necesaria una terrible transgresión. La pulsión, ahora, incluye un huequito (a), es el hueco creado por la alienación significante, que siempre se encuentra colmado de manera inadecuada por un objeto, y en este paradigma la libido es ese agujero. A medida que Lacan avanza en su enseñanza, esta concepción se va modificando: en El reverso del psicoanálisis, advertimos una relación primitiva del saber –de los significantes– con el goce. Pero ese es un camino que me desviaría demasiado del texto que abordamos y en el que no me adentraré.

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En lo que sigue me centraré en un aspecto fundamental que atraviesa todo el escrito de «Kant con Sade», el superyó.

«La ley moral es aquello por lo cual, en nuestra práctica analítica, en tanto estructurada por lo simbólico, se presentifica lo real». Esta cita está extraída de La ética del psicoanálisis (Lacan 1991: 30). Lacan encuentra a través de la ética del deseo lo que nos guía al encuentro con el Das Ding. La ley moral de Kant es por excelencia un enunciado simbólico que implica la anulación de todo goce, es el reverso del Das Ding, el reverso del goce, y al mismo tiempo, es idéntica al Das Ding, tiene el mismo carácter mudo, ciego, absoluto (Miller 2003: 233).

Kant parte de una división entre sensibilidad y razón; el objeto de deseo y lo que procura felicidad no puede devenir en imperativo moral, no puede convertirse en máxima universal. El teorema primero reza así: «Ningún objeto de la experiencia puede darnos una certeza matemática con respecto a lo que debemos desear». A Miller le resulta clave el posicionamiento de Kant respecto a la ciencia: «Kant admira a Newton por haber encontrado la fórmula de la gravitación universal y todo su esfuerzo es hallar para la ética una fórmula del mismo calibre, de alguna manera, ponerse del lado de la ciencia, dejar de lado a los metafísicos idealistas o aspirar a la experiencia pura, sin mediación de los sentidos (…) esto ahorra a Kant la pregunta sobre el sujeto de la enunciación.» (Miller 1999: 62-65).

El deseo, pues, es un obstáculo para la ética, y los objetos del bienestar son sacrificados en favor de la obtención de una ley, ley que se obtiene, como dice el texto que trabajamos, de «una voz de la conciencia», el superyó (Lacan 2003: 746), de una conciencia individual y un objeto, el invocante; es esta la paradoja a la que apunta Lacan. Frente a esto, la máxima sadiana no apela a la voz de dentro, es más honesta, pues es pronunciada por la boca del Otro, de esa forma desenmascara la escisión del sujeto, escisión que Kant obtura.

Por otro lado, el Ideal del yo y el superyó, aunque sus funciones, en parte, se recubren, no responden a la misma instancia. Una de las bases de la diferencia entre el Ideal del yo y el superyó es que el primero, en Freud, implica ciertas funciones de asunción normalizante del sexo, pero el superyó de ningún modo. «El superyó en Freud es una función imposible de satisfacer, no es del orden: ‘Si se hace todo lo que quiere el superyó todo va bien’, al contrario, el superyó nunca queda satisfecho. El superyó no dice «triunfa», formula el imperativo imposible «goza», y el goce está más allá del principio del placer y, como tal, es imposible de obtener de forma plena» (Miller «La transferencia: el sujeto supuesto saber» (Miller 1979:118-121). Lacan percibe humor, y humor negro para más detalle, en el modo en que Sade propone su regla de goce, es decir, en su pretendida universalidad, al igual que la de Kant, y continúa con una enigmática frase referida al superyó: «sabemos ahora que el humor es tránsfuga en lo cómico de la función misma del superyó» (Lacan 2003: 748). ‘Tránsfuga’, es decir, que pasa de un lugar a otro, hay en el superyó una dimensión cómica, no solo ética (desde la perspectiva de Freud) y un reverso que se opone al oscurantismo en el que se afanan sus contemporáneos; además, el humor es, en su decir, lo que realza la prueba kantiana con la sal que le falta. ¿Se refiere aquí Lacan a que reintroduce el afecto del sujeto de la razón práctica en la formulación? En «Sobre Kant con Sade» Miller aclara un poco la cuestión. El superyó freudiano es una instancia de humor que complica la vida del hombre, no está en el nivel de la armonía del ser humano, es una instancia que permite regularizar el ello. En «Kant con Sade», el superyó aparece como un punto exterior, que manifiesta la división del sujeto y que impone una ley absurda, se trata de «deberes absurdos que se imponen a los seres humanos en los síntomas y en sus fantasmas» (1998: 248).

Porque en definitiva, ¿quién es el yo que pregunta en los imperativos categóricos kantianos?, es decir, quién es el sujeto de la enunciación. En Kant es el sujeto trascendental, sin sustancia, el sujeto necesario de la razón, necesario y universal. En psicoanálisis pensar al sujeto es pensar también su causa, que es lo que escamotea Kant en sus postulados y lo que, a su manera, revela Sade, dando la verdad de la Crítica. No obstante, el psicoanálisis solo es posible con la ruptura kantiana y lo que se manifiesta en la obra de Sade («Sobre ‘Kant con Sade’», p. 207). En Juliette Sade afirma que «Por más que tiemblen los hombres, la filosofía debe decirlo todo»,[3] destruir todas las quimeras que nos ha impuesto la moral. Pero no es posible decirlo todo, sabemos que en eso hay un imposible, siempre hay algo que excede al decir, el goce. Por eso Lacan, en Televisión afirma que la verdad puede mostrarse como causa a condición de no poder decirla toda (1977: 123).

En el tiempo de escritura de «Kant con Sade», Lacan piensa la ética del psicoanálisis en términos de deseo. Pero, como ya he avanzado, y con esto concluyo, no es esa la perspectiva actual, o no solo esa. Está abierta la pregunta sobre la perspectiva ética del psicoanálisis hoy, donde la primacía del Otro queda subvertida (Ⱥ) y el deseo desplazado por el goce.

 

rosa.dura@uv.es

 

 

Bibliografía

Miller, J.-A., “Los paradigmas del goce”, La experiencia de lo real en la cura psicoanalítica, Buenos Aires, Paidós, 2003.

Miller, J.-A., Lakant, Barcelona, Escuela Lacaniana de Psicoanálisis del Campo Freudiano, 4, 1999.

Miller, J.-A., «La transferencia: el sujeto supuesto saber», Cinco Conferencias caraqueñas sobre Lacan, Caracas, Ateneo de Caracas, 1979).

Miller, J.-A., «Sobre Kant con Sade», Elucidaciones de Lacan, Buenos Aires, Paidós. 1998.

Lacan, J., La ética del psicoanálisis, Buenos Aires, Paidós, 1991.

Lacan, J., “Kant con Sade”, Escritos, Vol. II, Buenos Aires, Siglo XXI, 2003.

Lacan, J., Televisión, Barcelona, Anagrama, 1977.

Savater, F., La filosofía tachada: precedida de Nihilismo y acción, Madrid, Taurus, 1984.

[1] Texto presentado en abril de 2018 en el espacio Textos Fundamentales, coordinado por Magdalena Climent y Francesc Roca. Este año el trabajo del curso se centra en el texto de Lacan «Kant con Sade».

[2] Obra que Lacan menciona en el Seminario 10. La Angustia (clase del 16 de enero).

[3] Fernando Savater, La filosofía tachada: precedida de Nihilismo y acción (Taurus, 1984, p.18).