TEXTOS FUNDAMENTALES

LA ESCUELA Y LA ENSEÑANZA DEL PSICOANÁLISIS

Dos cuestiones:

¿Qué enseña el psicoanálisis a la Escuela?

¿Qué supone colocarse en el lugar del enseñante?

Delia Gómez

 

 

EL DES-AMOR DE LACAN

Francesc Roca

 

LA ESCUELA Y LA ENSEÑANZA DEL PSICOANÁLISIS

 

“…podría decirse que los expongo a la prueba de comer conejos crudos. Recupérense. Aprendan de la boa -duerman un poco y se les pasará. Se darán cuanta al despertar que de todos modos digirieron algo”

Lacan: Seminario VII (p. 340)

 

Quizá deberíamos plantear la propuesta para el curso próximo del espacio Textos fundamentales partiendo de la siguiente pregunta: ¿porqué proponer la lectura de dos textos de Lacan, el primero de ellos “El psicoanálisis y su enseñanza” (Escritos, p.: 419-440) de 1957 que se sitúa alrededor del Seminario V, previo por tanto a su expulsión de la IPA, y el segundo, “Alocución sobre la enseñanza” (Otros escritos, p.317-325), 13 años posterior y situado en la órbita del Seminario XVII, donde plantea y desarrolla los cuatro discursos a la vez que preludia al “último Lacan”?

            Aparentemente se trata de dos textos alejados entre sí en los que sus referencias internas están igualmente alejadas fruto de una evolución que fue la de Lacan. No obstante, y como es esencial al espacio Textos fundamentales, no tratamos de encontrar respuestas, sino de que cada participante se plantee sus propias preguntas esta vez alrededor de un tema -”la enseñanza del psicoanálisis”, con toda la ambigüedad y todo el alcance que tiene la expresión- que parecía que iba a poner a las Escuelas de la AMP en ebullición después de que J.A. Miller propusiera su texto “Campo freudiano, año cero”, y que, es nuestra apreciación, tanto en la Asamblea de la ELP en noviembre de 2017 como en la de la AMP en abril pasado, murió antes de nacer y ello pese a que, al menos en la ELP, se hizo un debate de Escuela en Bilbao en septiembre de 2017, publicado con el título “Enseñanza de/en la Escuela”.

            Intuimos, y de nuevo es apreciación nuestra, que el entusiasmo suscitado alrededor de la propuesta ZADIG hizo olvidar la segunda parte del texto de Miller en el que habla de las consecuencias que tuvo para él la petrificación del psicoanálisis, es decir, la interrupción de su curso al tiempo que paraba, estamos en 2011, el movimiento por el que los CPCT estaban en camino de convertirse, cita, “en una asociación de psicoterapeutas”.

            A este respecto, y frente a la maldición del “práctico inerte” que evoca Miller en el mismo texto tomando una expresión de Sartre, nos parece interesante recordar las siguientes palabras de M. Bassols, pronunciadas en su alocución en la pasada Asamblea de la ELP: “Se trata de hacer de la excepción que es siempre cada sujeto en el grupo, de la singularidad de su síntoma, algo que valga para todos y cada uno de ellos. Es desde ahí, entonces, que cada uno habla necesariamente por uno mismo y que puede finalmente hablar de acuerdo con uno mismo, con este ‘sí mismo’ singular que es su síntoma, es allí donde cada uno encuentra su singularidad.

            “Producir un efecto así en el grupo implica situarse necesariamente en el lugar de ‘más uno’ de ese grupo para hacer aparecer su dimensión de sujeto, es necesariamente ser herético de ese grupo.”

            Así pues, el interrogante que proponemos para este curso 2018-19 sería: ¿qué enseña el psicoanálisis a la Escuela?, y su correlato necesario ¿qué supone colocarse en el lugar del enseñante? Esto puede llevar, por ejemplo, y volvemos a la importancia que tiene la segunda parte del texto de Miller, a preguntar sobre las posibles consecuencias de una idealización del pase, es decir, que llevados por el espíritu de la época, se idealice a quien ha alcanzado un saber sobre su condición de sujeto haciéndolo aparecer como quien alcanzó una satisfacción del individuo, haciéndolo aparecer como uno “de aquellos con los que se asocia la realización de una obra humana” (cf. J. Lacan “Función y campo de la palabra en psicoanálisis”, in Escritos, p. 309).

            Esta posible idealización creemos que habría que situarla en la tensión que siempre hay entre una transmisión epistémica de un saber, es decir, entre la transmisión de un saber “para todo…” (rellenar los puntos suspensivos como a cada cual le parezca más conveniente) y un saber que haga evidente el “hay de lo Uno”.

            Esta tensión nos llevaría, por ejemplo, a preguntarnos en cuál de los cuatro discursos conviene situar al A.E. en el testimonio de su pase y a percibir que, dependiendo de en cuál de ellos se lo sitúe el alcance que tiene dicho testimonio cambia para entender el alcance de este “hay de lo Uno” en su valor de límite a la validez universal de todo saber.

            Por estas consideraciones, y por todas las que se os puedan ocurrir, de nuevo nos remitimos como hemos venido haciendo, al lugar del lector frente al texto y a la angustia que puede llegar a producir el querer tener algo que decir que vaya más allá de la repetición, es decir, el colocarse en una posición que toca a lo que podríamos llamar “el deseo del enseñante”, deseo divergente, incluso de manera antitética con la posición del profesor que acude a la obra de Lacan como quien acude a los estantes de un supermercado a fin de no poner en cuestión al sujeto supuesto saber (vid. H. Tizio: “Notas sobre la enseñanza de la escuela”, in  Enseñanzas de/en la Escuela, p. 54-55).

            Es decir, queremos invitaros una vez más a responder a la propuesta de Lacan de “meterlos a hacer conmigo el trabajo forzado del texto, eso les atravesará la piel” (in Seminario VII, p. 340).

  

Francesc Roca, Rosa Durá

TEXTOS FUNDAMENTALES

2017

¿Por qué consideramos interesante la propuesta que hacemos para este curso de poner en diálogo dos textos aparentemente tan alejados como “La psicología de las masas” (S. Freud, 1921) y “Kant con Sade” (J. Lacan, 1963)?

El texto de Freud trata de poner en relación el comportamiento del individuo tanto en el seno de una masa como en el seno de un grupo social más o menos organizado, con su psicología individual (vid., por ejemplo, la relación yo-objeto-ideal del yo que se describe en el apartado XI “Un grado en el interior del yo”, págs. 122-123, vol. XVIII, Amorrortu ed.), mientras que el segundo trata de la escisión del sujeto producida por la contraposición entre la ley y el principio del placer, entendido éste en la forma del mandato superyoico ¡goza!, y de las concesiones que dicho principio del placer tiene que hacer en relación con la ley para poder devenir deseo, deseo susceptible de establecer vínculos sociales.

Podemos pensar, por tanto, que ambos textos se sitúan en los extremos opuestos del campo que abarca este concepto de “vínculo social”, Entonces,  ¿qué elementos se pueden poner en juego en el diálogo entre ambos textos?

Si nos situamos en lo que dieron de sí las presentaciones del curso pasado a propósito de “La ciencia y la verdad”, nos encontramos con un concepto que las centró prácticamente todas: la verdad, el cual apareció como cargado de una polisemia que abarcaba un espectro que iba de la adecuación de las cosas y lo que se predica de ellas hasta la verdad del inconsciente, verdad esta última que fue situada en relación con la castración, lo Real, la no existencia de relación sexual, etc.

Por decirlo de otro modo, nos encontramos con una vedad que se desplazaba desde la pretendida objetividad de la verdad científica, es decir, de una verdad que se limitaría exclusivamente a lo que el discurso predica del objeto, hasta una verdad subjetiva, es decir, una verdad que lo que predica del objeto no vale más que para sí.

Situados en este nivel de análisis, todo parecía bastante claro. Nuestro saber acumulado como estudiosos del psicoanálisis nos aportó elementos que nos parecieron suficientes, al menos en aquel momento, para recorrer esta polisemia. El recorrido, además, fue fecundo para quienes participamos en las discusiones que las distintas intervenciones suscitaron o, para decirlo de otro modo, acumulamos y compartimos más saber. ¿Deberíamos, entonces, habernos quedado satisfechos con el resultado de nuestro esfuerzo?

Una respuesta afirmativa nos llevaría a la complacencia, a la infatuación como señala Gabriela Basz en un artículo publicado en Ornicar? con el título de “La infatuación: un nombre del extravío”. Para tratar de salirnos de esta posición, nada conveniente, podemos preguntarnos, como hace Lacan en su Seminario XIX (cf. Pág.: 192): “¿lo que cura es el saber, ya sea del sujeto o el que se supone en la transferencia, o bien es la transferencia, tal como ésta se produce en un análisis dado?”. Si entendemos aquí “cura” en el sentido que tenía en castellano antiguo de “hacerse cargo”, “cuidar”, podemos pensar que la respuesta a esta pregunta de Lacan es distinta según se la sitúe en el contexto de la clínica o en el contexto de nuestra relación con el saber del psicoanálisis, aunque ambas contienen un elemento común: si la transferencia en el contexto de la clínica pone en juego el objeto a y el deseo que éste encarna y con él esta verdad del sujeto que causa su escisión, la relación con el saber del psicoanálisis debe, para que sea fructífera, conservar este vacío central que le es propio y que ha favorecido su evolución desde Freud hasta hoy.

Así pues, nuestra intención al proponer la lectura de estos dos textos será tratar de encontrar argumentos para entender esta relación, siempre difícil de atrapar, entre saber y verdad en cuestiones tales como el semblante que sostiene un discurso, el deseo como civilización de un goce que de este modo puede encarnarse en un objeto que lo represente y con el que establecer un vínculo, la identidad que un sujeto puede construirse a partir de esta relación con su objeto-causa y con la que aparecer como ciudadano, como individuo que sostiene una imagen de sí que pretende como propia,…

Por tanto, pretendemos situarnos para recorrerlo de  nuevo a partir de otros argumentos en este arco que se nos planteó en el curso anterior y que iría de la realidad de los objetos que  aparecen a nuestra mirada como susceptibles de ser amados y lo Real de un sujeto sometido a una única voluntad, gozar.

Magdalena Climent, Paco Roca. Mayo 2017

Junio 2017

“La verdad como causa”, por Isabel Soro


TEXTOS FUNDAMENTALES

Curso 2015-16

 “Pero nosotros hemos seguido siendo, ya se lo imaginan, un poco cascarrabias sobre ese punto”
J. Lacan: La dirección de la cura y los principios de su poder (pág.:611)

El texto del que proponemos ocuparnos este curso en el espacio Textos Fundamentales, La dirección de la cura y los principios de su poder, está escrito a mediados de 1958, es decir, tras el Seminario V “Las formaciones del inconsciente”, y cabe situarlo al principio de una serie de seminarios -”El deseo y su interpretación”, “La ética del psicoanálisis” y “La transferencia”- en el contexto de la cual podemos colocar la cuestión del deseo del analista.

¿Qué interés puede tener el volver a ocuparnos, el volver a interrogar este texto que gira en gran parte sobre el manejo, que hace el analista -siempre bajo la égida de que hay que preservalo- del deseo del paciente? ¿Cómo plantear una lectura más actual del texto?

La propuesta que queremos hacer es situarlo en relación a una cuestión planteada como esencial por Lacan en su propuesta de 1969 y retomada por el Comité de acción de la Escuela Una en octubre de 2000: el control.

La dirección de la cura y los principios de su poder parece plantear el manejo del deseo del analizante por parte del analista en el contexto de la formación del analista, pero ya hace algunas observaciones que apuntan a una cuestión central de esta formación del analista: la persistencia del deseo del analista que, si bien lo hace autorizarse de sí mismo como analista, hace imposible la universalización de este deseo que no se podría situar en relación al mito edípico, hace imposible un “para todo analista” por la persistencia de este deseo que lo singulariza. Ello hace que la propia dirección de la cura del analizante produzca en el analista un efecto de sujeto ya que lo divide y pone en cuestión su ética en el manejo de la transferencia.

Planteado así el problema ¿qué lugar darle al controlador? ¿el de un tercero, como señala E. Laurent en “El buen uso de la supervisión” (Virtualia, n.º 5), garante del sentido del acto analítico que se produce en la relación analizante-analista, es decir, de nuevo en el contexto de la formación del analista? ¿O debe Apuntar a los efectos de sujeto relacionados con este autorizarse a sí mismo? ¿Hay formación del analista o sólo hay formaciones del inconsciente en el analista, como señalaba Lacan?

Puestos en este encuadre, si llevamos al extremo la cuestión del control, nos vamos a encontrar en la vecindad del pase.

Valga esta breve digresión para situar el problema que queremos plantear este año.

 Magdalena Climent; Francesc Roca

Abril 2016

“El control: una puesta en guardia frente a la persona del analista”, por Rosa Durá

Noviembre 2015

“El a-muro: Transferencia e interpretación”, por José Rubio

Septiembre 2015

“El deseo del analista y el control”, por Francesc Roca

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