UN ENCUENTRO CON… Cuentos que acaban mal, de Géza Csáth El Nadir, 2015 Por Carmen Bottello

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En general prefiero los cuentos inquietantes a los plácidos. A veces incluso aunque el estilo literario no me agrade especialmente. Géza Csáth me hace recordar a otros autores: la trilogía de Agota Kristof  que cuenta la historia de los gemelos “Klaus y Lucas”, dos niños malos. Me recuerda también cuentos de los rumanos Razvan Petrescu, autor aún vivo, en su libro “Ligeros cambios de actitud”, cuyas historias van de la ironía al sarcasmo, del humor a la compasión con un estilo casi surrealista, o Pavel Dan, cuyos Cuentos transilvanos están teñidos de una melancólica mirada a los mitos del pasado, y al igual que como Géza Csáth, también considerado un autor maldito. Los autores centro europeos han tenido muy mala suerte. Porque igual de atroces son los cuentos de la Francia decadentista de autores como Octave Mirbeau, cuyo cuento “Marroquinería” es un buen ejemplo del horror y sin embargo ni malditos ni olvidados, al menos en su país.

Esa es la razón por la que El Nadir decidió editarlo, arriesgando mucho porque de él sólo conocíamos retazos de su corta vida, una vida brillante que refulgió como una estrella y se quemó en el placer de vivir. Un erudito al que nada le sirvió la exquisita educación recibida, ni sus talentos musicales o dramáticos y narrativos: echó al garete su vida, tal y como al parecer le ocurre al mago de uno de sus cuentos. Traicionó a su mujer, y la acabó matando, traicionó el juramento hipocrático, la confianza de sus pacientes y lo hizo con la total desvergüenza de quien se ha entregado a su propio goce. En ese sentido no puede resultarnos más repulsivo. Cuánta mezquindad se esconde en algunos grandes. No sé cuántos de nuestros ídolos soportarían una mirada íntima. De cerca todos somos muy feos. Y propuse este libro, además de porque me gusta, porque este verano algunas personas lo buscaron insistentemente y no teníamos ejemplares. Así que pensé que podíamos volver a perdonar la crueldad que Géza infringió a otros y a sí mismo durante toda su vida, haciendo una pequeña tirada que rescatase al autor de un nuevo olvido. Así que Géza Cásth está aquí para leerlo sin intentar redimirlo. Es su obra la que nos deja en legado, lo demás está muerto y ya no le alcanza perdón alguno. Me conmueven esos escritores como Céline, con esa obra desgarrada, verdadera, sucia y hermosa, ¡quién le mandaría ser antisemita y declararlo, y pelear por favorecer los ideales fascistas, él que conocía a tal extremo la naturaleza humana! Muchos lo eran pero guardaron silencio, o se estuvieron quietos. Otros incluso, como Ionesco, agregado cultural de Rumanía ante el gobierno de Vichy, gozaron y gozan de prestigio. Precisamente él fue quien hizo posible la aparición en francés de los cuentos de Pavel Dan, su compatriota.

De este volumen, no hay ningún que no me guste. Quizá el que menos es justamente el que abre el libro, “El silencio negro”. Un delirio que es una confesión a un doctor, recurso que Géza Csáth utiliza en varias ocasiones: una carta, una confesión, un relato escrito que aparece en un diario y que se interrumpe. En ese sentido sus relatos son más bien pinceladas, extrañamente articuladas por lo maligno, mágico o incomprensible, hasta en el inocente y cinematográfico relato “En la plaza Kálvin”, que es uno de mis favoritos. A final de este relato embaucador, de ritmo preciso y hasta alegre, el último capítulo, el 12 (página 108) aparece la alusión a la muerte, la “energía Fenecida” colándose por los intersticios del adoquinado. La imagen me resulta familiar porque evoca un recuerdo infantil –pisar determinadas zonas del jardín era peligroso: los diablos te robaban a través de la planta de los pies, la energía. Otra versión de los vampiros–.

La magia y la maldad parecen congeniar. Aquello que no puede realizarse –y se puede hasta matar– se opera desde la imaginación, el delirio y ayudado por las drogas. Pero también el humor cortante, la justicia poética, que se alcanza en “Trepov en la mesa de disección”, son materiales de los que se sirve el autor para sacudirnos.

Es curioso porque acabando mal, son aquellos Cuentos que acaban mal, los cuentos más tiernos (pág. 25 y especialmente el quinto cuento)

Csáth va contando en sus relatos algunas de sus preocupaciones. Un hombre sin ley como él se puede reconocer en la temática de “El jardín del brujo”.

La delirante redondez de su maestría yo la encuentro en “La muerte del mago”, o en “Músicos”, cuento compasivo, que habla del exilio moral y artístico, además del político. Y esa misma línea de piedad por el otro desvalido, tenemos “Padre e hijo”. Otro relato redondo.

Y me horrorizan “Matricio” o “La pequeña Emma”. No sólo comparten el asesinato, sino la delectación en la tortura y la dominación. Y me asombra la valentía que exhibe el protagonista de “Opio” ( pág. 95) que no es otro que un trasunto del propio autor. Ese se me antoja un relato autobiográfico, no hay más que leer que el escrito se ha “tomado” del buzón de correos de un neurólogo: otra de las excusas-recursos con la que Géza Csáth nos cuenta la verdad.


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